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miércoles, 7 de marzo de 2012

Escenas porteñas: intolerancia

Pequeños y grandes gestos de intolerancia. Están ahí, a toda hora y en todo lugar.

Alberto Montt, caricaturista chileno


Subte. Línea D. Un domingo al mediodía, llegando a Plaza Italia. Dos chiquitas de unos ocho o nueve años, con la ropa sucia, reparten tarjetas a los pasajeros. Antes de entregarlas, le ofrecen un beso a las mujeres, le intentan dar la mano a los adultos, o le amagan a chocar el puño a los chicos jóvenes. Un hombre ni siquiera les lleva el apunte. Otro sigue leyendo mientras la mano espera en el aire. Dos chicas muy rubias, extranjeras, niegan nerviosas con la cabeza y la alejan con el brazo. Y así uno y otro. Nadie acepta el saludo en todo el vagón. 

Más tarde, en la puerta de un Carrefour sobre Scalabrini Ortiz. "Mira que linda parejita la que pasa", le dice un muchacho que vende películas copiadas sobre la vereda a los familiares que lo acompañan. Son unos cinco, están sentados alrededor de las pelis y miran como dos chicos jóvenes que evidentemente son pareja se meten en el supermercado. Uno de los vendedores callejeros, que hasta ahora sólo se había reído, empieza a cantar en voz alta a Shakira: "Soy loca con mi tigre, loca, loca, loca".  

Adentro del supermercado, una mujer deja el carrito en la caja y sigue buscando y sumando productos al chango. Va y viene. A su hijo de cuatro años lo dejó parado ahí, en la caja. Entre idas y vueltas, se da cuenta que no lo ve, lo busca y no lo encuentra. Camina desesperada por los pasillos, se la nota angustiada. "Martín, Martín", lo llama, y se da cuenta que está ahí, en uno de los pasillos, a unos diez metros de donde lo había dejado. Va hasta él, lo caza de una oreja, le pega una cachetada en la cara y otra en la cola, y lo lleva agarrado fuerte del brazo hasta la caja. Martín llora.

lunes, 27 de junio de 2011

Escenas de un domingo que nadie olvidará jamás

Me tocó estar afuera del estadio. Un laburo para dar una mano a Deportes que me sacaba la posibilidad histórica de mirar el partido que ninguno de los que nos gusta el fútbol se quería perder, pero que me daba la posibilidad histórica de estar ahí, a la sombra del Monumental y verlo todo con mis propios ojos. 
Lo que pasó ya lo sabemos todos. Nada de crónicas. Con la camiseta de mi club guardada en el cajón desde hace un par de días ya, mi idea es simplemente compartir algunas escenas que presencié y que tal vez vuelva a recordar cuando le cuente a mis hijos o nietos cómo fue ese extraño día en que River descendió al Nacional B.


Olé.com.ar


El festejo equivocado

La mayoría estaban sin radio, y los rugidos que salían desde el Monumental los recibían con la única certeza que les daba la esperanza. 16 y 26 se escucha el gol. Y afuera, en la esquina de Figueroa Alcorta y Udaondo, lo cantan todos. Corren para todos lados, se abrazan, se arrodillan y agradecen. Hasta que un rumor, apenas un susurro, rasga el sueño con tres palabras: "Fue de Belgrano".  

Inconsolables
Ella. Unos catorce o quince años, el pelo largo y rubio, una campera blanca. Hecha un ovillo contra unos paneles de metal que resguardaban la Shell miraba el Monumental y no podía parar de llorar. Las piernas flacas se le agitaban como a una convulsa. La que parecía su hermana la abrazaba tratando de serenarla. Unos metros adelante, él. Unos treinta, camperón de River, jogging del club, acuclillado sobre la vereda se agarraba de una maceta para no desmoronarse. La cabeza caída, los ojos secando lágrimas. Otro hincha que pasaba, un desconocido para él, le acarició la cabeza rapada y siguió su marcha rumbo a Libertador.    

A la cámara apagada
Lloraba como un chico, como alguien que se encapricha en cambiar la realidad y no puede. El jean sucio, las zapatillas gastadas, no se veían los ojos cuando le hablaba a la cámara de Telefé, sólo unas arrugas en la comisura de los ojos. "Todo el año pagando y nos mandan a la B. Con lo que me cuesta pagar la entrada", repetía y nos miraba a los que estábamos ahí parados, como buscando una respuesta que lo consolara. El periodista le avisó que la cámara estaba apagada, que ya la iban a encender y que iba a poder decirle lo que quisiera. Pero él no escuchaba y repetía su lamento una y otra vez.

Provocaciones
Un grupo grande de hinchas prefirió evitar Undaondo donde el hidrante de la federal se la agarraba con todos los que tenía adelante, y se decidieron por la diagonal Betbeder. Caminaban tranquilos, desolados, pero tranquilos. Al pasar por la hilera de efectivos de la guardia de infantería que estaba apostado delante del vallado donde se ubicaban los micros de Belgrano, uno de ellos rompió filas y disparó al aire dos veces su escopeta con balas de goma como para que apurasen el paso. Algunos hinchas se dieron vuelta y los putearon con mucha bronca. Más de un efectivo se agarró las bolas y se rió.

La ira consumada
A las 18, Libertador parecía una calle de Kabul. A lo lejos, apenas iluminadas por las luces de la avenida, se veían columnas de humo, y sobre el pavimento piedras, ladrillos por todos lados. En el segundo carril, mano hacia el centro, una camioneta utilitaria de Carrefour estaba, literalmente, dada vuelta. ¿El porqué? Cuando cruzaban un grupo de hinchas, arrancó como para escapar de la turba y se llevó puesta a uno. El único rastro que se podía percibir del chofer era un mate cebado, con la bombilla adentro, sobre el asiento del acompañante. La utilitaria estaba destrozada: los vidrios estallados, la carrocería abollada, y hasta el capot levantado con los cables arrancados.




*Acá los links de  crónica y colaboración de este fin de semana en La Nacion. 









jueves, 14 de octubre de 2010

Escenas porteñas: duelos

Su alma se había acercado a esa región donde se hallan las huestes de muertos. Se daba cuenta, sin poder comprenderlo, de su aviesa y tenue existencia. Su propia identidad se desvanecía en un mundo inalcanzable y gris; el sólido mundo en el que esos muertos habían alguna vez habitado y crecido se estaba disolviendo y consumiendo.  
James Joyce, "Los muertos" 



Media mañana. Dos mujeres mayores se pasean por la Recoleta. Pasan frente a un negocio de electrodomésticos. Los televisores sintonizan un canal de noticias, y se puede ver la parafernalia que antecede a un gran funeral: una hilera de autos de lujo negros, en los que se refleja la muchedumbre que aguarda en la puerta del cementerio, con sus mejores trajes y vestidos, con ramilletes de flores y anteojos negros.
—Mirá —le dice una mujer a la otra—. Está por empezar el funeral de la hija de Cris Morena.
—Sí, vamos rápido para casa así no nos lo perdemos.

Pasadas las dos de la tarde, el subte B llega a la estación Florida. Sentado, con un bolso negro y compacto entre las piernas, un muchacho de unos treinta años pasea la mirada por el vagón. Lleva una remera negra ajustada, con las mangas lo suficientemente cortas como para que su biceps se luzcan sin interferencias. Su pantalón es de algodón, también negro, pero tan abombachado que podría habérselo robado a un bailarín ruso. Tiene un aire al actor Juan Palomino, pero con rasgos más finos. El pelo, más corto en los costados, se destaca por un jopo de futbolista italiano. 
Se abren las puertas y entran dos chicas. Una, más gorda y cercana a los treinta, con varias bolsas en la mano, se sienta al lado del muchacho. La otra, más joven, más flaca, se queda parada. Las dos llevan remeras de algodón baratas, bien ceñidas al cuerpo. Se nota que no les importa que les marque la flaccidez de sus curvas.
La que está parada, disimuladamente, le patea la pierna a la otra. Con un gesto, le señala al muchacho de al lado. Hablan sin emitir sonidos. La que está sentada se ríe y le dice con la cabeza "dale, dale".
La más joven quiebra un poco las piernas, retrocede, se ríe, y finalmente le pregunta:
—Disculpá... ¿vos no estás en Bailando?
El la mira, sonríe, y le dice que sí, con la naturalidad de algo que pasa todos los días.
La chica se tapa la cara con las manos y le dice "te dije, te dije", a la otra, que sonríe, tranquila, apoltronada en su asiento.
—...y antes bailabas con Evangelina Anderson... ¿no?
—Sí, así es —dice él de muy buen humor.
—Y... ¿Cómo es ella? ¿Divina, no?
—Sí, divina, divina.
—Ay, es él, es él —le dice ella a la otra. El muchacho sonríe—. Y hoy... bailan ¿no?
El se pone serio y le contesta que no.
—Ah, cierto. No hay programa por lo de Romina... —dice ella.
—Claro, claro.
—Qué terrible, pobrecita. Era adorable.
—Sí, terrible.
Y los dos se quedan en silencio, los ojos caídos, como si rindiesen unos segundos de homenaje a la fallecida.
El subte llega a Carlos Pellegrini.
La chica recobra la emoción del principio y dice:
—¿La semana que viene bailan, entonces?
—Sí, el jueves de la semana que viene.
—Ay... me encantó conocerte... y sos muy lindo además...
El se ríe, agarra el bolso le da un beso a cada una y se va.

Sábado, cerca de medianoche. Un grupo grande de veinteañeros copa el fondo de un 152. En una de las puntas se sientan un chico y una chica. Retoman la conversación que llevaban antes de subir.
—Yo creo que Chapman está subestimado —dice él. Ella asiente en silencio—. Te juro, para mí el tipo no era ni un loco ni un idiota. Hay mucho más detrás de esa historia. ¿Por qué eligió a John Lennon? ¿Por qué pasó en Nueva York?
—Sí. Como que la historia se encargó de culpar a Yoko de todo, pero yo tampoco creo que sea tan así.
—Sí, no sé. Chapman es un personaje muy particular. Es un caso para estudiar con detenimiento. Ah, y te recomiendo que veas John Lennon vs. USA, está muy buena. 



         

lunes, 30 de agosto de 2010

Escenas porteñas: violencia verbal

La violencia crea más problemas que los que resuelve. 
Martin Luther King
La violencia es el último recurso del incompetente. 
Isaac Asimov




Retiro. Cruce peatonal de la avenida Libertador. Mediodía. Caos de tránsito por las obras de la nueva estación de la Línea E. Semáfaro en verde para los peatones. Un hombre de mediana edad se acerca a dos jóvenes agentes de la Metropolitana que se encuentran paradas una al lado de la otra arrinconadas contra una de las chapas de construcción, protegiéndose del frío.
-¿No piensan decirle nada al colectivero? -dice y señala un 152 plantado en plena senda peatonal.
-Sí, sí -dicen las agentes al unísono sin sacar siquiera las manos de los bolsillos.
Unos metros más adelante una mujer se aleja enojada de la ventanilla del 152. Sandwich en mano, un supervisor de la empresa que conversa con el chofer le grita a la mujer mientras se aleja:
-¿Manejaste alguna vez un colectivo, vos? ¡Se ve que no manejaste un colectivo en tu vida, gorda pelotuda!
El chofer se ríe.

Peatonal Reconquista, muy temprano en la mañana. Una mujer relativamente joven que habla por celular se frena de repente. Parece haber terminado la comunicación. Levanta el teléfono a la altura de los ojos y dice: ¡Chupame la concha!

Avenida Las Heras a la altura del Jardín Botánico. Una chica cruza la avenida: semáforo en verde, senda peatonal. Una utilitaria que dobla a toda velocidad le frena a unos centímetros. La chica se asusta, murmulla algo. El hombre la mira y le dice: "Chupame la pija, pelotuda", y acelera.  

Avenida de Mayo y 9 de Julio. Un nene se acerca a un lujoso auto importado y mendiga plata. No obtiene respuesta y se aleja caminando pegado al auto. Enseguida, el conductor se baja violentamente del auto y le grita:
-¡Te vas a morir pobre, pendejo de mierda!
El chico le había rayado el auto.

* Gracias Fede y Julita por los aportes.
** Foto de Julieta Piaggio

miércoles, 25 de agosto de 2010

Un enviado suelto en Corrientes

Faltaban diez minutos para que comenzara Todos eran mis hijos. Una larga cola salía de la galería y se prolongaba por Corrientes hacia la esquina de Uruguay.
Decidimos no sumarnos aún, y con las impresiones en la mano, nos arrinconamos al costado de un kiosco de revista para decidir con cuál de los restaurants con descuento nos quedaríamos.
Mientras dudábamos entre alguno con 50% de descuento y algún otro que quedara cerca o de paso, pude observar de reojo un hombre que revoloteaba por ahí cerca. No estaba en la cola, miraba las revistas. Miraba las revistas -un salpiqué de fitness, porno, fetiche animado y novelas invendibles-, daba un paso hacia atrás, nos miraba, y volvía a mirar las revistas

Lo que estamos buscando
 está en nuestro interior.

Lo del restaurant no se hacía fácil. Pero la cola tampoco avanzaba. Con pasos milimétricos el hombre se alejaba de las revistas y se acercaba a nosotros. Lo miré con mayor detenimiento. Se parecía a Woody Allen; tal vez por su contextura física, tal vez por los anteojos que llevaba, tal vez por el ya nervioso y evidente movimiento de quien quiere decir o hacer algo y no se decide. Tenía una gran bolsa de plástico amarilla en la mano, pero no daba la sensación de ser ese todo su equipaje.


El sonido está dentro de ti.
El sentimiento está dentro de ti.

-Perdón -dijo finalmente-. Perdón que los moleste. ¿Están con algo importante?
-No, no. Ahora vamos a entrar al teatro.
-Ah. Les robo un minutito nada más. ¿A qué se dedican ustedes?
Nos miramos. Parecía inofensivo. Nervioso, pero inofensivo.
Yo le respondí.
-Ah, está bien -dijo-. ¿Deben tener Internet en su casa no?
Nos miramos otra vez.
Volví a responder. 
-Ah, entonces deben conocer a Maharaji -abrió su campera de nylon beige y sacó de un bolsillo interior una tarjeta. Pudimos percibir cierta excitación en su voz-. Este de acá es Maharaji -y señaló la foto de un hombre de rasgos orientales, vestido de traje, con una leve sonrisa y una mano abierta levemente alzada. "Lo que necesitas está dentro tuyo", decía una leyenda al costado.
Agarramos la tarjeta.
-Vieron qué violento y caótico está el mundo hoy, ¿no? -continuó-. Bueno, él Maharaji, nos va a traer la paz a todos -tras cada palabra se posesionaba más-. El no hace más que hacernos descubrir lo que hay dentro nuestro. Nos ayuda a descubrir la paz que todos necesitamos. Porque la paz que necesitamos se encuentra en nuestro interior. Y cuando el mundo esté en paz en su interior, el mundo estará en paz.

Date cuenta de lo que tienes
y ya no querrás más.

La cola comenzó a moverse.
Le dimos las gracias, y le dijimos que debíamos sumarnos a la cola ya.
Nos frenó.
-Esperen, esperen -dijo. Se lo notaba otra vez nervioso. Abrió la bolsa y empezó a revolver-. Tomen.
Era un DVD con la cara del tal Maharaji. Le dijimos que no, que muchas gracias. Pensamos que nos lo querría vender, pero enseguida lo aclaró.
-Se los regalo, es para ustedes. Véanlo y pásenselo a alguien más, por favor.
Insistimos en la negativa y nos fuimos al final de la cola. El, en su desesperación y cada vez más parecido a Woody Allen, nos siguió y comenzó a caminar a nuestro lado.
-Por favor, ténganlo es un regalo -dijo casi susurrante.

Mécete, mécete en el columpio del aliento.
Vuelve a ser niño otra vez.

No se lo aceptamos. Entonces comenzó a revolver la bolsa y sacó un pequeño librito, con un dibujo en rojo de dos espigas, una flor y una mariposa, con la leyenda "La canción interior".       
-Son algunas de sus enseñanzas, acéptenlo, por favor.
Lo aceptamos. Estábamos en la puerta del teatro ya. El nos miró con cierta satisfacción, y por lo que pareció, cierto alivio. Subimos el escalón de la galería mientras hojeábamos el librito, y retomábamos el tema de los descuentos. El enviado de Maharaji ya había desaparecido. 


jueves, 29 de julio de 2010

Escenas porteñas: la semana de los niños

Otras voces. Se cierran las escuelas, los niños en las calles. Funciones de teatro, trajes de princesas. Y la fábula continúa: Mauricio se juzga a sí mismo, y Néstor lanza a su hermana a conquistar la pampa húmeda. La tele negocia rehenes mientras otros simplemente se deslumbran con estupideces.  



Jueves, once de la noche. Una mujer de más de cincuenta pasea un cuzco de moda junto a tres amigas por las calles de Palermo. Sin titubeos, la dueña de la correa dice: "Chicas, este perro es el amor de mi vida".

En simultáneo, una chica habla por celular en el porche de un edificio cercano. Se la nota preocupada, como recién salida de la cama: está despeinada, y lleva un pantalón de jogging azul y una campera al tono.
-Está en estado crítico -dice mientras camina de lado a lado-. Parece que tomó pastillas y después se quiso ahorcar.

Viernes al mediodía. Subte. Además del traqueteo, sólo se oye hablar a dos chicos de no más de diez años abrigados hasta los dientes. Parecen hermanos. Señalan un panfleto pegado en el vagón.
-Tenemos que anotarnos -dice el mayor-. Es fútbol 5 y los premios están buenísimos.
-¿Qué dan? -pregunta el más pequeño.
-¡Una copa y una Play Station 2! Y encima al segundo también le dan premio. ¡Una pelota del Mundial!
-¡Wow!
El más grande se para y se acerca al papel. 
-¡Y le dan premio al ganador de la zona perdedores!
-¡Buenísimo! ¿Y qué le dan?
-Un juego de camisetas, ¿podés creer?
-Nos tenemos que anotar.

Sábado a la noche de mucho frío. Un 152 dobla por Suipacha y frena en una parada. Por la ventana se ve a un hombre acostado sobre un colchón grueso, protegido por el alero de unos negocios. Se tapa con lo que parece un esponjoso edredón blanco, mientras se peina repetidamente la calva con un peine de plástico.
Suben al colectivo tres muchachos y una chica. Llevan todos abrigos largos y oscuros. Los tres muchachos, vestidos casi igual, tienen el pelo muy corto y engominado. La chica tiene una tradicional melena lacia. Según puede oírse serían empleados de un hotel.
Miran al sujeto de la calle y se ríen. Uno de los muchachos dice:
-A este lo veo siempre. Pero les aseguro que no la pasa tan mal, eh. Las viejas de guita que van a la iglesia de  acá a la vuelta siempre le regalan cosas.

Lunes a la noche. Un colectivo 59 frena en una esquina de la avenida Cabildo. Un nene de unos 4 o 5 años de rasgos norteños se pega a la ventanilla y le dice a la madre:
-¡Mamá, Superman! -y señala a un puesto de revistas que tiene la imagen de la película Los increíbles-. ¡Mamá, mira, Superman! 
Ante la pasividad de la madre, el nene arremete con el padre que llega de pagar los boletos.
-¡Papá, Superman! ¡Mira, papá, es Superman! ¡Superman, papá!
    



jueves, 22 de julio de 2010

Escenas porteñas: sobre las vías

Arriba del subte. Arriba del tren. Vagones que van, vagones que vienen. Unos escapan, otros esperan. Subimos y bajamos, puteamos y dormimos, soñamos y lloramos. Cientos de vagones, arriba de la tierra, y abajo de la tierra. Cientos de vagones, una ciudad y nosotros. Todos los días nosotros.

Foto: Fer Massa


Viernes, después del mediodía. Una chica joven, morocha, vestida de oficinista, sube las escaleras de la estación Leandro N. Alem con un libro bajo el brazo. La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.

Martes, día del amigo. Desde el último vagón de la línea D se oye a la conductora discutir por teléfono con Movistar. Reclama que le desapareció un saldo de crédito de unos cien pesos. La comunicación dura todo el trayecto desde Juramento hasta 9 de Julio.

Ese mismo martes, a la noche. Una chica de unos 25 años, muy blanca, el pelo muy corto, cierra un libro, se levanta de su asiento y baja en la estación Olleros. Era La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.

Estación 3 de febrero. Miércoles, pasadas las 2 de la tarde. El tren cierra sus puertas, pero no arranca. Una puerta de un vagón del medio quedó atrancada. Las abren y las cierran una y otra vez, pero la hoja no cede. Mientras todos los pasajeros del vagón miran hacia la puerta, un vendedor ambulante deja de ofrecer cajas de Garoto, y se acerca a la puerta. Asoma la cabeza y le grita al chofer. ¡Voy! Y le sacude una patada. La puerta afloja y cierra. El tren arranca, y él vuelve a lo suyo: "Como les decía, sigo entregando finos y frescos bombones Garoto...".

lunes, 19 de julio de 2010

La mala educación

Miércoles, alrededor de las 20 horas, en un colectivo 161. 
Una mujer de unos 70 años -una de esas jovatas medio demacradas que se hacen las jóvenes- y su hija, de unos 38 -bien empilchada, pero con una alfombra de maquillaje encima-, viajaban en los dos primeros asientos de la derecha.
Se pararon, y le hicieron saber al chofer que querían bajarse en una determinada esquina.
El tipo giró la cabeza, y les dijo que no, que les iba a abrir en la próxima parada.
Mientras volvían a su asiento, la vieja, encabronada, dijo:
-Hay una ordenanza que..., no recuerdo el número ahora, obliga a los colectiveros a frenar en todas las esquinas cuando es de noche.
-Bueno señora -dijo el chofer y siguió manejando.
La vieja se encabronó más, y empezó a cacarear que era abogada y que iba a hacer algo al respecto.
El tipo ni la miraba.
-¿Cuál es su número de interno? -preguntó la vieja.
El colectivero alzó la cabeza y leyó el número que había arriba del parabrisas.
-Doce veinte.
-No, no, no -respondió la vieja-. No es doce veinte, es mil doscientos veinte. ¿No ves que no sabés nada, que no entendés nada? Y pensar que gente como vos vota.
El chofer le largó otro "bueno, señora", y siguió con su trabajo.
Llegaron a la parada, y el chofer abrió las puertas.
La vieja, de pie junto a su hija detrás del chofer, volvió a la carga:
-Me imagino que puedo bajar por adelante, ¿no?
El chofer no contestó. Una mujer y sus tres chicos comenzaron a subir.
La vieja y la hija, agarradas del brazo como recién casados, emprendieron simultáneamente su descenso y se llevaron puestos a los que estaban delante.
-Qué mal educada que sos. Como se nota que te falta educación -dijo la madre de los chicos mientras las dos mujeres se alejaban.
Y la hija de la vieja, se dio vuelta, se arregló la ropa, y dijo: 
-Justo a mí me vas a decir que me falta educación.



Gracias Julita por la historia.


sábado, 3 de julio de 2010

Siamo fuori de la copa

Foto: Julita

Patas para arriba frente al televisor. Así nos dejaron los cuatro de Alemania.
Y como no tengo mucho más para decir del Mundial -mi cabeza ya piensa en el Bichi Borghi y las atajadas del Laucha Luchetti-, voy a dejar una simpática charla por msn entre dos hermanas que gustan del fútbol todo el año, para cerrar de alguna manera otro ciclo mundialista sin pasar la barrera de cuartos. 


Hna1 dice:
:(

Hna2 dice:
yo lo soñé
soñé que perdíamos 4.0
fue lo primero que le dije a mamá cuando me levanté

Hna1 dice:
naaa
posta?

Hna2 dice:
te lo juro
nunca sueño
y soñé eso
...y que tocaba Lady Gaga en la esquina de casa
esas dos cosas

Hna1 dice:
jajjajajjaja
me dio mucha ternura lo de lady gaga

Hna2 dice:
jaja eso fue genial
pero lo del partido
fue muy fuerte

Hna1 dice:
se
terrible
me dio pena
no me enojé
ni putié

Hna2 dice:
a mí no
osea, tarde o temprano
venia la paliza, con esa defensa mentirosa que tenemos

Hna1 dice:
totalmente

Hna2 dice:
ya fue
aguante river carajo!
que ayer le gano a defensa y justicia 4.2!

*Nota del blogger: aclaro que este blog es puramente bostero y no adhiere a la arenga final

jueves, 1 de julio de 2010

Escenas porteñas: informe sobre ciegos


                                                                          Los amantes (Rene Magritte)

En una semana en que sigo debatiéndome con los fantasmas y la paranoia de Sábato -me quedan poco más de cien páginas del turbulento y desvariado Abaddón el Exterminador-, no sólo observé muchos ciegos por las calles de Buenos Aires, sino que también soñé con un perro siberiano que había quedado ciego.

Miércoles, pasado el mediodía. Rosita llega a la estación Belgrano R. Se acomoda en su rincón al lado de una de las boleterías y pide la primer moneda.
-¡Soy yo, Rosita! -le contesta entre risas un empleado ferroviario-. ¿A mí me vas a manguear, ahora?
-No, no sabía que eras vos -dice ella.

Jueves, estación Pueyrredón de subte, un par de horas antes de que Italia se quede afuera del Mundial. Una mujer de mediana edad se acerca al ciego que escucha la radio a metros de la boletería.
-¿Qué radio es? -le pregunta-. ¡Pasan Bach!
-Es la 100.3, señora -dice él.

Ese mismo jueves, en ese mismo momento, pero unos metros más cerca de la salida de Santa Fe, una anciana chiquita, de pelo muy blanco, se acerca a un hombre con lentes oscuras que pasea un perro Setter, su lazarillo. 
-Hace mucho que no te veía por acá -le dice ella en tono de reproche, y abre un pequeño monedero para darle luego un billete.

Martes, después del mediodía. Estación de tren Belgrano R.
-Dos idas y una vuelta por favor -pide una joven acompañada por el que aparenta ser su padre.
El boletero no entiende. La chica repite la fórmula.
Rosita toma la palabra: 
-Decile un ida y un ida y vuelta. Así te va a entender mejor.
-Ah bueno -contesta la chica mientras paga.
-Porque si no no te entiende. Si le decís dos idas y una vuelta, es más difícil.
-Bueno -vuelve a contestar la mujer mientras se dirige hacia el andén.
-¿Y tendrá una monedita, por favor?
La mujer no contesta y sigue caminando.

Es miércoles, y el último subte de la línea B parte con destino a Avenida de los Incas.
Suena la bocina.
Una mujer de mediana edad, con un bastón blanco se para frente a una de las puertas.
La conductora del subte aborta el cierre de puertas, se baja, y la ayuda a subir.
Vuelve a sonar la bocina, se cierran las puertas y el subte arranca.     
  

miércoles, 23 de junio de 2010

Escenas porteñas de la semana

Las escenas porteñas son un espacio caprichoso dentro del blog. No responden a esquemas, tampoco son meras descripciones, ni relatos, ni crónicas. Son tal vez un simple ejercicio de observación, un simple vistazo a lo que pasa en algunos rincones de Buenos Aires. Situaciones que por más cotidianas que sean nos llaman la atención, o nos sacan de la rutina por lo atípicas, extrañas o pintorescas, y que tal vez nos hacen pensar, o al menos preguntarnos cosas aunque tan sólo sea por unos pocos segundos.
Acá la primera zaga.

  • Jueves, once de la noche, en una esquina de Nuñez, a una cuadra de la estación de tren. Un borracho se abraza a una bolsa de basura, y mientras grita con tono alegre "Feliz Navidad" lanza al aire el contenido de la bolsa, que queda desparramado por toda la vereda.
  • Feriado del lunes, post día de la bandera. Mediodía. Un hombre entrado en años se acerca a una caja de un supermercado Disco de Palermo Chico para pagar, entre otras cosas, las tres latas de Speed que acaba de meter en el carro.
  • El mismo feriado, unas horas después, tres palomas devoran los restos de un vómito sobre la calle Lafinur, a metros del Museo Eva Perón. 
  • Martes, alrededor de las cinco de la tarde. A la mitad más uno de los argentinos se les pianta un lagrimón frente al televisor.
Foto: Julita

                                                                                                                                        

lunes, 21 de junio de 2010

Mundializados: esos malditos 15 segundos

Así es: mundializados.
Lo que no logré en todo el año, gracias al Mundial lo pude hacer: ocho y media ya estoy arriba, con los dientes lavados y todo. Después una hora para lo que sea que tenga que hacer (y que no esté relacionado con el Mundial, claro), y a las 11... ¡más fútbol!
Groso... El de las 15.30 ya lo veo de reojo, pero vale igual.
Bueno como verán los horarios laborales me vinieron beneficiando... pero bueno lógicamente otras cosas sintieron el impacto. El blog, por ejemplo. Pero para no perder el clima, acá va una mini crónica mundialista. 

Esos malditos 15 segundos
Mi amigo Mauricio hizo una jugada piola. Meses antes del Mundial se enganchó con el tri pack de Direct TV por 250 pesitos mensuales. Internet, pack de canales premiun y la nueva vedette: el High Definition, más conocido como HD. 
Todo era alegría en torno a esa TV. Nos contaba cómo se veían los partidos por ESPN, y se relamía con la cabeza ya puesta en el Mundial. 
Y los partidos llegaron, el HD andaba de lujo, y cada vez se convencía más de que la había pegado.
Y llegó el primer partido de la Argentina que vería en su casa: Argentina-Corea del Sur. 
Se levantó tempranito y cumplió con el rito: se fue hasta lo del Abuelo a buscar unas medialunas. La cola, monumental como era de esperar. "Raro que no hubiesen armado un puestito paralelo con la reventa de las de manteca recién compradas", comentaba con unos compañeros al día siguiente.
Pero volvamos al día del partido: ocho y media y el tipo entraba "temblando" a la casa con las medialunas en la mano. Había llegado justo a tiempo (qué cantidad de chivos estoy metiendo... ni que me pagaran). 
Todo listo, y la pelota que comenzaba a rodar. 
15 minutos del primer tiempo. Messi y Maxi Rodríguez están parados enfrente de la pelota para un tiro y libre. Y... gooooooooooool... se escucha... ¿pero si no patearon? Goooool. Otra vez. ¿Qué les pasa? Y, finalmente, mandan el centro y... sí, le rebota a un Korioto y entra.
¡Gol!, grita Mauricio, todavía confundido.
Pero no hay eco. Nada. Nadie lo grita.
¿Qué pasó? Ni idea.
32 minutos. Una jugada calcada. Tiro libre y... otra vez, antes de que pateen, en el pulmón de la manzana estalla un goooooool. Y el click. Claro, la puta que lo parió. Lo mandan nomás: Burdisso, Pipita y gol. Sí a lo sumo ¡gol! Pero nada de gooooooooooool ni golaaaaaaaaaaaaaaaaaazo. Chau emoción.
Y sí: el HD. El HD que viene con delay. Y andá reclamarle a Direct Tv, a Cablevisión o al burócarata del Ministerio de Desarrollo Social que te trajo el conversor súper moderno que-te-hace-ver-los-partidos-como-si-estuvieras-en-Sudáfrica-comiendo-un-sandwich-de-antílope-y-tocando-la-vuvuzela. Pero no, lo de los 15 segundos de delay no te lo avisaron.
Pero Mauricio se resigna, se ríe y se da cuenta que no está solo en esto. Más de uno está puteando el HD en estos días.
Y eso sí: según me dijo, el próximo lo va a ver al Sanyo de 15 pulgadas del vecino de arriba.

lunes, 7 de junio de 2010

Pickpocket Buenos Aires

El pickpocket es el carterista, el que mete la mano en el bolsillo ajeno para llevarse algo.
Es un sujeto mañoso, con dedos de pianista, y habilidades de prestidigitador.
Es quien hace desaparecer un reloj con un simple apretón de manos, o abre tres cierres para llegar a una billetera con apenas un empujón.
El pickpocket nace solitario, pero tarde o temprano encuentra su rebaño. Y ahí todo resulta más facil.
Su profesión es tan antigua como cosmopolita.
Hay quienes dicen que el pickpocket es un arte. De eso no estoy seguro, pero sí puedo decir que Robert Bresson lo hizo arte. 
Pickpocket, 1959. Michel es un joven parisino que no puede escaparle a su destino: ser ladrón. Su especialidad es el pickpocket. ¿El mejor lugar? Los simples amontonamientos de gente son un buen comienzo, luego el subte, la calle y las estaciones de tren. Al principio, solo. Después, acompañado. 
Sí: hace 50 años en Fracia ya ocurría, y calculo que debe seguir ocurriendo.
¿Y en Buenos Aires?
Acá no hace falta un ojo muy sagaz para indentificarlos. Andan por todos lados, y cada vez son menos cuidadosos para simular sus atracos. O son más torpes en su proceder o a mayor impunidad menos disimulo.
Tal vez ambas dos.
En el último mes identifiqué dos grupos de pick pocketeros; uno en el subte, otro en el colectivo. Y lo que más me llamó la atención no fue verlos a ellos en plena faena, sino que los pasajeros ni se habían avivado de que los tipos andaban palpando bolsillos y visitando bolsos y carteras.
Y como el blog también es servicio -Pop life dixit-, además de recomendar la peli de Bresson, acá les dejo un par de tips para identificar a los aficionados del pickpocket porteño.

Pickpocket en el colectivo
En el bondi no suelen ser más de tres.
Generalmente hay dos estilos diferentes.
a) Un hombre/mujer maleducado se adelanta a la fila que espera desde hace minutos el colectivo y se abalanza a preguntarle algo al chofer. La víctima, en este caso, es el primero de la fila que mientras putea al que se metió de prepo es empujado por el que le sigue en la cola. "¡Es el colmo! ¡No solo se me colan sino también me empujan de atrás!". Pero habrá más. El que está arriba se arrepiente, y empieza a bajar. ¿Y qué te hacen? Sandwichito. Y cuando el de adelante bajó, el de atrás desapareció, seguramente con tu celular o billetera.
b) En esta modalidad, hay más inversión por parte de los muchachos: pagan el boleto. El colectivo ideal es el que tiene puerta en el medio, porque existe un espacio donde se puede acumular mucha gente.
Bueno cuestión que se suben dos o tres.
Uno, el más fácil de identificar, se aposta adelante de la puerta. ¿Va a bajar? No. Va a viajar ahí. Y cada vez que alguien vaya a bajar él va a obstruir el paso, cosa de que siempre haya roce antes de que puedas hacerlo.
La última vez que vi a estos chicos trabajando fue gracioso. El tipo y su colega se subieron en el hospital militar, ahí en el bajo Belgrano. El que se puso delante de la puerta tenía puesto un traje, y llevaba un delantal blanco en el brazo. Cuando una mujer quiso bajar, medio que se trenzaron y la mujer que, finalmente pudo bajar, lo puteó. El tipo se hizo el compungido, y se quedó refunfuñando en voz alta.
Como se había liberado un asiento a su lado, a una viejita le dio lástima el tipo este y lo invitó a sentarse. Pobrecito el maestro, debía haber pensado la señora, lo maltrataron por estar parado. Y el tipo, por supuesto le dijo que no, que muchas gracias, pero prefería quedarse parado. Y curiosamente, bajó en la siguiente parada secundado por un sujeto que estaba parado a un metro de él.

Pickpocket en el subte 
Todos los vimos alguna vez. Ahora bien, lo que es difícil es saber cuántos son, porque a veces suman hasta cuatro o cinco, lo que dificulta también el reaccionar mal.
Se suelen subir cerca de Pueyrredón, al menos en la línea D. Llaman la atención porque se mueven innecesariamente a través del vagón. Piden permiso a los gritos, tal vez cruzan alguna palabra con otro. Y lo mejor... se suelen bajar en la estación siguiente. Siempre viajes fugaces. Siempre.

Un par de tips para identificarlos

  • Siempre llevan ropa en uno de los brazos. Puede ser una campera de jean, un delantal, o un abrigo.
  • En la espalda andan con una mochila, la mayoría de las veces abierta.
  • Andan de a 4 o 5. Se mueven por el transporte, empujan, y salen repentinamente. Cuando se les dice algo, se hacen los ofendidos o salen volando apenas se abren las puertas.
  • Generalmente los choferes, guardas, etc, los conocen. Pero, por supuesto, nadie dice nada.
Y ya que me puse la gorra, vamos a hacerla bien. Acá dejo un par de gráficos medios bizarros (parecen de libro para aprender algún idioma, ¿no?) que encontré sobre el arte del pickpocket.










lunes, 31 de mayo de 2010

Algunos taxistas van al Cielo

Coordenadas: último sábado, en algún lugar de Capital Federal.
Pronóstico: segundo día de tormenta, con riachos que complican cruzar la calle y muchas baldosas flojas.
Primera fuente: el taxista.
Segunda fuente: Julieta.

Tac. Tac. El limpia-parabrisas despejó el agua, y él la alcanzó a ver. Una bolsa de mercado en una mano, la cartera en la otra, de alguna manera se las arreglaba para sostener el paraguas y hacerle señas para que parase.
Acercó el auto a la vereda, puso balizas y le abrió la puerta desde adentro. La señora le dijo:
-Señor, ¿me haría el favor de alcanzarme unas diez cuadras, por favor?
-...
-Es que no tengo dinero. Son diez cuadras nomás. Y mire cómo llueve -dice la señora mientras hace a un lado el paraguas y se sacrifica con unas gotas, como si no le importara maltratar la permanente.
-...
-Son diez cuadras nomás.
-Suba.
Arriba la señora: primero la bolsa del mercado, luego la cartera, luego ella, y por último, el paraguas.
-Es usted tan amable. La verdad que se merece el Cielo.

-¿Dónde la dejo, señora? Ya estamos con las diez cuadras...
-Sí, sí. Pasando la esquina, por favor. Ahí..., sí de mano izquierda.
-¿Por acá?
-Un poquito más adelante. Ahí en la puerta de esa peluquería, por favor.
-¿En la peluquería? 
-Sí. Sabe usted que aprovecho para venir a la peluquería los días de lluvia, porque hay muy poca gente. Además, hoy a la tarde voy a jugar a las cartas, y me gusta ir bien arreglada.
-¿?
-Muchas gracias, señor. Que Dios lo bendiga.
-...

martes, 20 de abril de 2010

El día que la lluvia se volvió granizo

¿Quién no ha disfrutado de una estruendosa tormenta desde atrás de una ventana? ¿Quién no ha repetido eso de "que bueno estar en casa con esta lluvia"? Que el cielo se venga abajo y nosotros estemos adentro con una buena peli -si es de suspenso, terror o ciencia ficción mucho mejor-, leyendo un buen libro, mangiando unas suculentas pastas, o durmiendo una siesta -solos o acompañados- solía ser sinónimo de placer.
Pero desde aquella primera granizada de un par de años atrás, la lluvia se volvió paranoia, se volvió un impulso para salir corriendo a buscar un colchón o cartones para tapar el auto, y evitar así que otra vez se convierta en un queso gruyere.
Y confieso que siempre me molestó un poco esa locura post granizo. Me parecía exagerada: cada lluvia, cada tormenta, alerta de granizo.
Lo mismo sucedió el domingo mientras jugaba al fútbol. El cielo se encapotó, un par de rayos cruzaron el cielo, y unas primeras gotas frías empezaron a caer. Algunos de los que jugaban salieron corriendo a "buscar un techo para el auto". Me pareció exagerado y ridículo. Y bueno, lo que siguió no hace falta repetirlo... Y lo peor, fue que el mito del granizo se había vuelto realidad. Si ya nos poníamos paranoicos antes del domingo, ¿cómo miércoles va a ser a partir de ahora?

Pero para sacarnos el gusto amargo de los autos, tejas, vidrios y cabezas agujereadas voy a dejar un pasaje extraordinario del cuento "Granjero de verano" del amigo Cheever -sí, otra vez Cheever-, con una descripción excelente de una lluvia que en un un principio asusta, pero que después se vuelve poesía. Tal vez, una de aquellas tormentas que antes nosotros también podíamos disfrutar.

Un relámpago tocó el bosque, tan cerca de ellos que les llegó el olor de la descarga galvánica, y un segundo después se produjo la explosión de un trueno que dio la impresión de haber destruido el condado. Luego pasó el frente de la tormenta, cesó el viento, y las gotas cayeron a su alrededor con la perseverante melancolía de una lluvia otoñal.

martes, 13 de abril de 2010

Misceláneas de un martes 13

Levanté la persiana que da al balcón, y ahí estaba, adherida al vidrio, casi tan grande como la palma de una mano. Era una mariposa nocturna, tan gris como el pavimento mojado. Me recordó a aquella que le tapa la boca a Jodie Foster en el poster de El silencio de los inocentes. Abrí la ventana para mover un cactus que estaba recibiendo demasiada agua, y ella, en un vuelo pesado, narcótico, desapareció.
Me quedé pensando en el mito, ese que dice que cuando se encuentra una mariposa negra descansando en el umbral de una puerta, en una ventana o en un alero es señal de mala suerte o de muerte. "Hoy es martes 13", me dije. Y al volver más tarde a mi cuarto, sobre la ventana, estaba ahí, la misma mariposa nocturna que había visto volar más temprano. Dos golpes en la ventana, y adiós al insecto.

Viajaba en el subte, se aproximaba la estación Pueyrredón donde me tenía que bajar, y leía este pasaje de "Clancy en la torre de Babel", un cuentazo de John Cheever. Decía así: 
Clancy bajó a buscar al señor Coolidge, ambos entraron juntos en el sótano y cerraron la llave del gas del señor Rowantree. Clancy volvió a subir. La puerta del apartamento estaba cerrada. Cuando la abrió, oyó el silbido del gas. Sacó la cabeza del señor Rowantree del horno.
-¡Está usted perdiendo el tiempo! -gritó-. ¡Le hemos cortado el gas! ¡Está perdiendo el tiempo!  
El subte comenzó a frenar, cerré el libro, y me acerqué a la puerta.
Cuando salí miré instintivamente a la tele de la estación: una voz en off detallaba los síntomas de una intoxicación por monóxido de carbono.
"Y... son cosas que te pasan si estás vivo", diría Liniers.



jueves, 8 de abril de 2010

Retrato de otoño frente al mar

Martes al mediodía. El sol tibio, el mar calmo, una brisa fresca, la arena amplia, desierta. Apenas unos pocos visitantes. Y nosotros, rastros de la urbe, meros observadores.


Tres perros sin dueño se acercan al mar. Ya no hay turistas que los echen. Aprovechan su playa. El más avezado cruza una laguna de agua salada y mira hacia la costa desde un banco de arena. Otro, con el lomo blanco y negro, se anima y lo acompaña. Se meten juntos al mar. Después salen, se escurren, se reúnen con otro más, y se tiran al sol.
Con paso cansino, pasa un surfer negro, de enmarañados dreadlocks azulados. Acaba de salir del agua con su tabla. Acaricia a uno de los animales y se dirige hacia sus cosas. Las encuentra removidas: alguien anduvo tocando y la ziploc no está. ¿O se la habrá llevado el viento? Abre una grasienta bolsa de facturas, pero se arrepiente y la deja ahí tirada. Busca un resto de porro entre la arena. Y un encendedor. Los encuentra, lo enciende.
Un chico gordito, de unos doce o trece años, se cruza con el surfer. Ni siquiera se miran. El chico se sienta en la arena. Con paciencia de pescador se saca las zapatillas y la remera. Acomoda el calzado en la arena,  y encima, dobla prolijamente la remera. Le grita a su madre que se apure. La avizora impaciente. Ella baja de las dunas. En los rasgos del chico, se distingue un problema, una disfuncionalidad mental. Habla solo. La madre decide acompañarlo al mar. Un chapuzón y salen. El chico se queja. Grita. La madre camina a su lado, indiferente.
-Vos sos una inútil -le dice el chico mientras se seca con una toalla-. Vos sos más mogólica que yo.
La madre cierra los ojos, y mira lejos, en dirección a las dunas. Allí está el surfer, terminando su porro, imapasible a los juegos de los perros, y a las voces que trae el viento.  

lunes, 5 de abril de 2010

Reflexiones desde el balneario

Ya lo saben: Semana Santa es una buena oportunidad para escaparse. Y Valeria del Mar una opción accesible y tranquila.
Si bien está empotrado en medio del ruidoso Pinamar y el exclusivo Cariló, aún su estructura y su gente no se ha contagiado de los aires de sus vecinos linderos. O al menos, no del todo por el momento.
Por una cosa u otra, terminé un par de veces en Cariló. Por amigos, conocidos o taxistas, me enteré de algunas curiosidades que, de alguna manera, pintan un poco la idiosincracia del lugar. Y, por supuesto, me ahorran de hacerlo a mí.

Bienvenidos a Cariló: nadie puede quejarse de que su llegada a esta pintoresca ciudad balnearia pase desapercibida. Al contrario, en la entrada una garita de madera cobija al guardia policíaco de turno que te pedirá el documento y te preguntará a qué responde tu visita. ¿Country? ¿Barrio cerrado? ¿Barrio abierto pero cerrado? No se cuál es la condición para ser parado o para poder seguir de largo. Sí se que a dos chicas de quince años en bicicleta les han preguntado si eran de ahí o si iban a visitar a alguna casa (?); y a un joven de unos veinte años que llegaba al volante de su auto, lo pararon para que mostrase los documentos y para pedirle que por favor se ponga la remera. Parece que andar en cuero por ahí, no da.

Acá, no necesitamos cloacas: ¿Que los vecinos de Cariló no c...? Nooo, entendieron mal. Sí, sí lo hacen. Pero por una cuestión de mantener lo natural del lugar, así como no tienen alumbrado público, también se resisten a un sistema de cloacas. Miro al mar y medito entonces, que debajo de cada mansión, debajo de cada familia numerosa, debajo del garage con el cuatri, el jet ski y la 4 x 4, hay un enorme pozo de mierda.
Pero atención: parece que los vecinos pusieron los pies sobre la arena y convinieron que se empiecen las obras para encloacar el barrio. Así al menos, lo decía un cartel. Era hora, muchachos.

In God we trust: lo más interesante que escuché de Cariló, además de un par de restaurants que valen mucho la pena, es la historia de un Cristo esculpido a mano que cuelga de la iglesia del lugar. La obra se la encargaron a Gervasio, un artista de Madariaga. Un tipo muy talentoso, según cuentan, pero que se niega a salir del anonimato. Un tipo que anda todo el año en jardinero de jean y chancletas, haga frío, calor, llueve o truene. El escultor recibió un domingo de Pascua a las 9 de la mañana un tronco de quebracho enorme. Para las 6 de la tarde, el quebracho se había convertido en un Jesucristo crucificado de más de dos metros de alto. Todo tallado a mano. Una verdadera obra de arte digna de admirar.  
  

jueves, 1 de abril de 2010

Monólogo de una tragedia doméstica

Un periodista forzó el encuentro. Ellas se reunieron en la casa de Marta Paz con ganas de hablar, de contar sus historias, de quejarse. Un mate daba vueltas, y un par de moscas aprovechaban el dulce de leche de dos facturas que nadie había tocado en una hora y media de charla. 
El reclamo de las mujeres se enquistaba en las rajaduras de las paredes de material. El diputado sólo acotaba. La mañana era de ellas. La mañana le pertenecía a las manzaneras. Después de años de dominio K en el conurbano, un micrófono se abría, y ellas lo aprovechaban.
Era la casa de Marta Paz. Allá, en Lomas de Zamora. En Villa Centenario, otro barrio olvidado del conurbano. Otro patio trasero peronista, otro cuadrilátero de riña caudillista.
Marta se sabía líder. Marta, con su voz profunda y estremecedora, con su cuerpo ancho y robusto, se dio el gusto de romper el hilo de la conversación. Qué importaba el periodista, qué importaba el diputado. A ella le importaba esa chica. Esa chica y su tragedia.
-Si vos vieras a esta chica, es una chiquita que... nada -dice Marta, el salón en silencio-. Vino y me dice: Quiero hablar con vos. Se puso a llorar y le pregunté qué le pasaba. Me dice: Yo maté a mi marido. Y me quedé así... Y me dice: Y si vuelve a vivir lo vuelvo a matar. Ella estaba morada, con marcas de cigarrillo, lastimada. Le pregunté si la lastimaba. Y dijo: Lo más triste es que tomaba, venía borracho, me castigaba, me mandaba a la pieza. Y la violaba a mi nena de ocho años.
El resto de las mujeres que escuchaba con atención reaccionó con un lamento unísono.
-La señora es chiquitita. Vos la ves y no vale un mango -continuó-. A mi hija, me dijo, hoy no la tocan más. No me la tocan -rememora Marta golpeando dos veces la mesa-. Vos decís, no vale dos pesos esta chica, y a mí te juro... se me corre por acá -dice Marta mientras se pasa la mano por el pecho-. Porque yo también lo haría. ¡Y para mí esa mujer no debería estar presa!
Algunas mujeres balbucean un tímido asentimiento.  
-Es mala la justicia -retoma Marta-. Dice que el tipo vino y le dijo: te vas de acá, pum, pum, pum. Y, ¿qué hizo? Dice la pibita que ella gritaba: Yo no aguanto más. No puede ser. No puede ser. 
Marta hizo un silencio. La moscas cruzaron la habitación y salieron por entre la cortina de flecos plásticos.
-Y entró con el tramontina y lo mató. Y me contó que le gritaba: ¡ahora no vas a joderme más! Y fue y se entregó sola. Y ahora está pagando su condena.
    
               

lunes, 22 de marzo de 2010

Cortos de supermercado

Luego de una semana de engorrosas obligaciones, volvemos con dos historias breves. Dos anécdotas que me contaron que tienen un escenario en común: el supermercado. Un lugar donde pasan muchas más cosas además de lo típico.  

El champagne de las 9.05
Un champagne. Era todo lo que necesitaba para esa noche. Se metió en el Disco de la avenida Meeks, a unas cuadras de la estación de Lomas de Zamora. En cuestión de segundos, se fue a la góndola y lo agarró. Típico de sábado, a las 20.55 la cola era larga. Esperó unos diez minutos y, por fin, llegó a destino. 
-Disculpe, señor -le dijo la cajera-. Pero no le puedo cobrar esa botella de champagne.
-¿Por qué? -pregunta él desconcertado.
-Porque ya son pasadas las 9, y la nueva ordenanza permite la venta de alcohol hasta las 21.
El le explica que llegó a la cola antes de las 9, y que la demora lo obligó a pasarse del horario. La cajera insistió con que no dependía de ella la decisión, pero que de ninguna manera podía hacer una excepción.
El tipo, desencajado, levantó el champagne y lo dejó caer al suelo. La botella estalló en mil pedazos.
-Señor -reaccionó la cajera-, le voy a tener que cobrar la botella.
El pasó por delante de la cajera rumbo a la salida y dijo:
-Ya son las 9.05 -dijo-, no me podés cobrar la botella de alcohol. 
Y se fue. 

La impaciencia de los recoletos
Un amigo tiene un trabajo temporario: repone cds en supermercados de la cadena Carrefour. Según cuenta, el laburo lo tiene bastante cansado. Pero más, los modos de la gente que compra ahí adentro.
La mira la pone en Recoleta: ahí, dice, es donde llamativamente la gente tiene peores modos y más maltrata al personal. ¿Justo ahí? Sí, y así lo confirma una anécdota que me contó sobre una señora de Recoleta.
Ambientación: la señora en el Carrefour de Agüero y Berutti.
Horario: por más que no lo sepa, podemos intuirlo. La señora fue entre las cuatro y  las cinco de la tarde. ¿Después de la siesta y antes del bridge?
Reclamo: algo no andaba. O no le funcionaba la tarjeta gold, o no le alcanzaban las millas, o vaya a saber qué producto quiso cancelar.
La cajera, principal acusada de no poder solucionar los reclamos de la señora, llama a su supervisora. La supervisora tampoco consigue solucionarlo.
La mujer se impacienta. Eleva la voz. Se da vuelta y le dice al de atrás "esto no puede ser, en este país nada funciona", etcétera.
Los reclamos se convierten en gritos.
El quiebre de voz. Y el insulto.
-Ves que sos una inútil, vos -dice la señora de Recoleta-. Por eso tenés y te vas a morir con este trabajo de mierda. De cajera de supermercado.
Todos los que están cerca quedan congelados. La chica, destrozada. Empieza a llorar y nadie logra consolarla. La supervisora pide el cambio de turno. La chica desaparece por una puerta interna del supermercado.
La mujer dejó las bolsas, y se fue.