Su alma se había acercado a esa región donde se hallan las huestes de muertos. Se daba cuenta, sin poder comprenderlo, de su aviesa y tenue existencia. Su propia identidad se desvanecía en un mundo inalcanzable y gris; el sólido mundo en el que esos muertos habían alguna vez habitado y crecido se estaba disolviendo y consumiendo.
James Joyce, "Los muertos"
Media mañana. Dos mujeres mayores se pasean por la Recoleta. Pasan frente a un negocio de electrodomésticos. Los televisores sintonizan un canal de noticias, y se puede ver la parafernalia que antecede a un gran funeral: una hilera de autos de lujo negros, en los que se refleja la muchedumbre que aguarda en la puerta del cementerio, con sus mejores trajes y vestidos, con ramilletes de flores y anteojos negros.
—Mirá —le dice una mujer a la otra—. Está por empezar el funeral de la hija de Cris Morena.
—Sí, vamos rápido para casa así no nos lo perdemos.
Pasadas las dos de la tarde, el subte B llega a la estación Florida. Sentado, con un bolso negro y compacto entre las piernas, un muchacho de unos treinta años pasea la mirada por el vagón. Lleva una remera negra ajustada, con las mangas lo suficientemente cortas como para que su biceps se luzcan sin interferencias. Su pantalón es de algodón, también negro, pero tan abombachado que podría habérselo robado a un bailarín ruso. Tiene un aire al actor Juan Palomino, pero con rasgos más finos. El pelo, más corto en los costados, se destaca por un jopo de futbolista italiano.
Se abren las puertas y entran dos chicas. Una, más gorda y cercana a los treinta, con varias bolsas en la mano, se sienta al lado del muchacho. La otra, más joven, más flaca, se queda parada. Las dos llevan remeras de algodón baratas, bien ceñidas al cuerpo. Se nota que no les importa que les marque la flaccidez de sus curvas.
La que está parada, disimuladamente, le patea la pierna a la otra. Con un gesto, le señala al muchacho de al lado. Hablan sin emitir sonidos. La que está sentada se ríe y le dice con la cabeza "dale, dale".
La más joven quiebra un poco las piernas, retrocede, se ríe, y finalmente le pregunta:
—Disculpá... ¿vos no estás en Bailando?
El la mira, sonríe, y le dice que sí, con la naturalidad de algo que pasa todos los días.
La chica se tapa la cara con las manos y le dice "te dije, te dije", a la otra, que sonríe, tranquila, apoltronada en su asiento.
—...y antes bailabas con Evangelina Anderson... ¿no?
—Sí, así es —dice él de muy buen humor.
—Y... ¿Cómo es ella? ¿Divina, no?
—Sí, divina, divina.
—Ay, es él, es él —le dice ella a la otra. El muchacho sonríe—. Y hoy... bailan ¿no?
El se pone serio y le contesta que no.
—Ah, cierto. No hay programa por lo de Romina... —dice ella.
—Claro, claro.
—Qué terrible, pobrecita. Era adorable.
—Sí, terrible.
Y los dos se quedan en silencio, los ojos caídos, como si rindiesen unos segundos de homenaje a la fallecida.
El subte llega a Carlos Pellegrini.
La chica recobra la emoción del principio y dice:
—¿La semana que viene bailan, entonces?
—Sí, el jueves de la semana que viene.
—Ay... me encantó conocerte... y sos muy lindo además...
El se ríe, agarra el bolso le da un beso a cada una y se va.
Sábado, cerca de medianoche. Un grupo grande de veinteañeros copa el fondo de un 152. En una de las puntas se sientan un chico y una chica. Retoman la conversación que llevaban antes de subir.
—Yo creo que Chapman está subestimado —dice él. Ella asiente en silencio—. Te juro, para mí el tipo no era ni un loco ni un idiota. Hay mucho más detrás de esa historia. ¿Por qué eligió a John Lennon? ¿Por qué pasó en Nueva York?
—Sí. Como que la historia se encargó de culpar a Yoko de todo, pero yo tampoco creo que sea tan así.
—Sí, no sé. Chapman es un personaje muy particular. Es un caso para estudiar con detenimiento. Ah, y te recomiendo que veas John Lennon vs. USA, está muy buena.