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miércoles, 7 de marzo de 2012

Escenas porteñas: intolerancia

Pequeños y grandes gestos de intolerancia. Están ahí, a toda hora y en todo lugar.

Alberto Montt, caricaturista chileno


Subte. Línea D. Un domingo al mediodía, llegando a Plaza Italia. Dos chiquitas de unos ocho o nueve años, con la ropa sucia, reparten tarjetas a los pasajeros. Antes de entregarlas, le ofrecen un beso a las mujeres, le intentan dar la mano a los adultos, o le amagan a chocar el puño a los chicos jóvenes. Un hombre ni siquiera les lleva el apunte. Otro sigue leyendo mientras la mano espera en el aire. Dos chicas muy rubias, extranjeras, niegan nerviosas con la cabeza y la alejan con el brazo. Y así uno y otro. Nadie acepta el saludo en todo el vagón. 

Más tarde, en la puerta de un Carrefour sobre Scalabrini Ortiz. "Mira que linda parejita la que pasa", le dice un muchacho que vende películas copiadas sobre la vereda a los familiares que lo acompañan. Son unos cinco, están sentados alrededor de las pelis y miran como dos chicos jóvenes que evidentemente son pareja se meten en el supermercado. Uno de los vendedores callejeros, que hasta ahora sólo se había reído, empieza a cantar en voz alta a Shakira: "Soy loca con mi tigre, loca, loca, loca".  

Adentro del supermercado, una mujer deja el carrito en la caja y sigue buscando y sumando productos al chango. Va y viene. A su hijo de cuatro años lo dejó parado ahí, en la caja. Entre idas y vueltas, se da cuenta que no lo ve, lo busca y no lo encuentra. Camina desesperada por los pasillos, se la nota angustiada. "Martín, Martín", lo llama, y se da cuenta que está ahí, en uno de los pasillos, a unos diez metros de donde lo había dejado. Va hasta él, lo caza de una oreja, le pega una cachetada en la cara y otra en la cola, y lo lleva agarrado fuerte del brazo hasta la caja. Martín llora.

jueves, 14 de octubre de 2010

Escenas porteñas: duelos

Su alma se había acercado a esa región donde se hallan las huestes de muertos. Se daba cuenta, sin poder comprenderlo, de su aviesa y tenue existencia. Su propia identidad se desvanecía en un mundo inalcanzable y gris; el sólido mundo en el que esos muertos habían alguna vez habitado y crecido se estaba disolviendo y consumiendo.  
James Joyce, "Los muertos" 



Media mañana. Dos mujeres mayores se pasean por la Recoleta. Pasan frente a un negocio de electrodomésticos. Los televisores sintonizan un canal de noticias, y se puede ver la parafernalia que antecede a un gran funeral: una hilera de autos de lujo negros, en los que se refleja la muchedumbre que aguarda en la puerta del cementerio, con sus mejores trajes y vestidos, con ramilletes de flores y anteojos negros.
—Mirá —le dice una mujer a la otra—. Está por empezar el funeral de la hija de Cris Morena.
—Sí, vamos rápido para casa así no nos lo perdemos.

Pasadas las dos de la tarde, el subte B llega a la estación Florida. Sentado, con un bolso negro y compacto entre las piernas, un muchacho de unos treinta años pasea la mirada por el vagón. Lleva una remera negra ajustada, con las mangas lo suficientemente cortas como para que su biceps se luzcan sin interferencias. Su pantalón es de algodón, también negro, pero tan abombachado que podría habérselo robado a un bailarín ruso. Tiene un aire al actor Juan Palomino, pero con rasgos más finos. El pelo, más corto en los costados, se destaca por un jopo de futbolista italiano. 
Se abren las puertas y entran dos chicas. Una, más gorda y cercana a los treinta, con varias bolsas en la mano, se sienta al lado del muchacho. La otra, más joven, más flaca, se queda parada. Las dos llevan remeras de algodón baratas, bien ceñidas al cuerpo. Se nota que no les importa que les marque la flaccidez de sus curvas.
La que está parada, disimuladamente, le patea la pierna a la otra. Con un gesto, le señala al muchacho de al lado. Hablan sin emitir sonidos. La que está sentada se ríe y le dice con la cabeza "dale, dale".
La más joven quiebra un poco las piernas, retrocede, se ríe, y finalmente le pregunta:
—Disculpá... ¿vos no estás en Bailando?
El la mira, sonríe, y le dice que sí, con la naturalidad de algo que pasa todos los días.
La chica se tapa la cara con las manos y le dice "te dije, te dije", a la otra, que sonríe, tranquila, apoltronada en su asiento.
—...y antes bailabas con Evangelina Anderson... ¿no?
—Sí, así es —dice él de muy buen humor.
—Y... ¿Cómo es ella? ¿Divina, no?
—Sí, divina, divina.
—Ay, es él, es él —le dice ella a la otra. El muchacho sonríe—. Y hoy... bailan ¿no?
El se pone serio y le contesta que no.
—Ah, cierto. No hay programa por lo de Romina... —dice ella.
—Claro, claro.
—Qué terrible, pobrecita. Era adorable.
—Sí, terrible.
Y los dos se quedan en silencio, los ojos caídos, como si rindiesen unos segundos de homenaje a la fallecida.
El subte llega a Carlos Pellegrini.
La chica recobra la emoción del principio y dice:
—¿La semana que viene bailan, entonces?
—Sí, el jueves de la semana que viene.
—Ay... me encantó conocerte... y sos muy lindo además...
El se ríe, agarra el bolso le da un beso a cada una y se va.

Sábado, cerca de medianoche. Un grupo grande de veinteañeros copa el fondo de un 152. En una de las puntas se sientan un chico y una chica. Retoman la conversación que llevaban antes de subir.
—Yo creo que Chapman está subestimado —dice él. Ella asiente en silencio—. Te juro, para mí el tipo no era ni un loco ni un idiota. Hay mucho más detrás de esa historia. ¿Por qué eligió a John Lennon? ¿Por qué pasó en Nueva York?
—Sí. Como que la historia se encargó de culpar a Yoko de todo, pero yo tampoco creo que sea tan así.
—Sí, no sé. Chapman es un personaje muy particular. Es un caso para estudiar con detenimiento. Ah, y te recomiendo que veas John Lennon vs. USA, está muy buena. 



         

lunes, 30 de agosto de 2010

Escenas porteñas: violencia verbal

La violencia crea más problemas que los que resuelve. 
Martin Luther King
La violencia es el último recurso del incompetente. 
Isaac Asimov




Retiro. Cruce peatonal de la avenida Libertador. Mediodía. Caos de tránsito por las obras de la nueva estación de la Línea E. Semáfaro en verde para los peatones. Un hombre de mediana edad se acerca a dos jóvenes agentes de la Metropolitana que se encuentran paradas una al lado de la otra arrinconadas contra una de las chapas de construcción, protegiéndose del frío.
-¿No piensan decirle nada al colectivero? -dice y señala un 152 plantado en plena senda peatonal.
-Sí, sí -dicen las agentes al unísono sin sacar siquiera las manos de los bolsillos.
Unos metros más adelante una mujer se aleja enojada de la ventanilla del 152. Sandwich en mano, un supervisor de la empresa que conversa con el chofer le grita a la mujer mientras se aleja:
-¿Manejaste alguna vez un colectivo, vos? ¡Se ve que no manejaste un colectivo en tu vida, gorda pelotuda!
El chofer se ríe.

Peatonal Reconquista, muy temprano en la mañana. Una mujer relativamente joven que habla por celular se frena de repente. Parece haber terminado la comunicación. Levanta el teléfono a la altura de los ojos y dice: ¡Chupame la concha!

Avenida Las Heras a la altura del Jardín Botánico. Una chica cruza la avenida: semáforo en verde, senda peatonal. Una utilitaria que dobla a toda velocidad le frena a unos centímetros. La chica se asusta, murmulla algo. El hombre la mira y le dice: "Chupame la pija, pelotuda", y acelera.  

Avenida de Mayo y 9 de Julio. Un nene se acerca a un lujoso auto importado y mendiga plata. No obtiene respuesta y se aleja caminando pegado al auto. Enseguida, el conductor se baja violentamente del auto y le grita:
-¡Te vas a morir pobre, pendejo de mierda!
El chico le había rayado el auto.

* Gracias Fede y Julita por los aportes.
** Foto de Julieta Piaggio

jueves, 29 de julio de 2010

Escenas porteñas: la semana de los niños

Otras voces. Se cierran las escuelas, los niños en las calles. Funciones de teatro, trajes de princesas. Y la fábula continúa: Mauricio se juzga a sí mismo, y Néstor lanza a su hermana a conquistar la pampa húmeda. La tele negocia rehenes mientras otros simplemente se deslumbran con estupideces.  



Jueves, once de la noche. Una mujer de más de cincuenta pasea un cuzco de moda junto a tres amigas por las calles de Palermo. Sin titubeos, la dueña de la correa dice: "Chicas, este perro es el amor de mi vida".

En simultáneo, una chica habla por celular en el porche de un edificio cercano. Se la nota preocupada, como recién salida de la cama: está despeinada, y lleva un pantalón de jogging azul y una campera al tono.
-Está en estado crítico -dice mientras camina de lado a lado-. Parece que tomó pastillas y después se quiso ahorcar.

Viernes al mediodía. Subte. Además del traqueteo, sólo se oye hablar a dos chicos de no más de diez años abrigados hasta los dientes. Parecen hermanos. Señalan un panfleto pegado en el vagón.
-Tenemos que anotarnos -dice el mayor-. Es fútbol 5 y los premios están buenísimos.
-¿Qué dan? -pregunta el más pequeño.
-¡Una copa y una Play Station 2! Y encima al segundo también le dan premio. ¡Una pelota del Mundial!
-¡Wow!
El más grande se para y se acerca al papel. 
-¡Y le dan premio al ganador de la zona perdedores!
-¡Buenísimo! ¿Y qué le dan?
-Un juego de camisetas, ¿podés creer?
-Nos tenemos que anotar.

Sábado a la noche de mucho frío. Un 152 dobla por Suipacha y frena en una parada. Por la ventana se ve a un hombre acostado sobre un colchón grueso, protegido por el alero de unos negocios. Se tapa con lo que parece un esponjoso edredón blanco, mientras se peina repetidamente la calva con un peine de plástico.
Suben al colectivo tres muchachos y una chica. Llevan todos abrigos largos y oscuros. Los tres muchachos, vestidos casi igual, tienen el pelo muy corto y engominado. La chica tiene una tradicional melena lacia. Según puede oírse serían empleados de un hotel.
Miran al sujeto de la calle y se ríen. Uno de los muchachos dice:
-A este lo veo siempre. Pero les aseguro que no la pasa tan mal, eh. Las viejas de guita que van a la iglesia de  acá a la vuelta siempre le regalan cosas.

Lunes a la noche. Un colectivo 59 frena en una esquina de la avenida Cabildo. Un nene de unos 4 o 5 años de rasgos norteños se pega a la ventanilla y le dice a la madre:
-¡Mamá, Superman! -y señala a un puesto de revistas que tiene la imagen de la película Los increíbles-. ¡Mamá, mira, Superman! 
Ante la pasividad de la madre, el nene arremete con el padre que llega de pagar los boletos.
-¡Papá, Superman! ¡Mira, papá, es Superman! ¡Superman, papá!
    



jueves, 22 de julio de 2010

Escenas porteñas: sobre las vías

Arriba del subte. Arriba del tren. Vagones que van, vagones que vienen. Unos escapan, otros esperan. Subimos y bajamos, puteamos y dormimos, soñamos y lloramos. Cientos de vagones, arriba de la tierra, y abajo de la tierra. Cientos de vagones, una ciudad y nosotros. Todos los días nosotros.

Foto: Fer Massa


Viernes, después del mediodía. Una chica joven, morocha, vestida de oficinista, sube las escaleras de la estación Leandro N. Alem con un libro bajo el brazo. La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.

Martes, día del amigo. Desde el último vagón de la línea D se oye a la conductora discutir por teléfono con Movistar. Reclama que le desapareció un saldo de crédito de unos cien pesos. La comunicación dura todo el trayecto desde Juramento hasta 9 de Julio.

Ese mismo martes, a la noche. Una chica de unos 25 años, muy blanca, el pelo muy corto, cierra un libro, se levanta de su asiento y baja en la estación Olleros. Era La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.

Estación 3 de febrero. Miércoles, pasadas las 2 de la tarde. El tren cierra sus puertas, pero no arranca. Una puerta de un vagón del medio quedó atrancada. Las abren y las cierran una y otra vez, pero la hoja no cede. Mientras todos los pasajeros del vagón miran hacia la puerta, un vendedor ambulante deja de ofrecer cajas de Garoto, y se acerca a la puerta. Asoma la cabeza y le grita al chofer. ¡Voy! Y le sacude una patada. La puerta afloja y cierra. El tren arranca, y él vuelve a lo suyo: "Como les decía, sigo entregando finos y frescos bombones Garoto...".

jueves, 1 de julio de 2010

Escenas porteñas: informe sobre ciegos


                                                                          Los amantes (Rene Magritte)

En una semana en que sigo debatiéndome con los fantasmas y la paranoia de Sábato -me quedan poco más de cien páginas del turbulento y desvariado Abaddón el Exterminador-, no sólo observé muchos ciegos por las calles de Buenos Aires, sino que también soñé con un perro siberiano que había quedado ciego.

Miércoles, pasado el mediodía. Rosita llega a la estación Belgrano R. Se acomoda en su rincón al lado de una de las boleterías y pide la primer moneda.
-¡Soy yo, Rosita! -le contesta entre risas un empleado ferroviario-. ¿A mí me vas a manguear, ahora?
-No, no sabía que eras vos -dice ella.

Jueves, estación Pueyrredón de subte, un par de horas antes de que Italia se quede afuera del Mundial. Una mujer de mediana edad se acerca al ciego que escucha la radio a metros de la boletería.
-¿Qué radio es? -le pregunta-. ¡Pasan Bach!
-Es la 100.3, señora -dice él.

Ese mismo jueves, en ese mismo momento, pero unos metros más cerca de la salida de Santa Fe, una anciana chiquita, de pelo muy blanco, se acerca a un hombre con lentes oscuras que pasea un perro Setter, su lazarillo. 
-Hace mucho que no te veía por acá -le dice ella en tono de reproche, y abre un pequeño monedero para darle luego un billete.

Martes, después del mediodía. Estación de tren Belgrano R.
-Dos idas y una vuelta por favor -pide una joven acompañada por el que aparenta ser su padre.
El boletero no entiende. La chica repite la fórmula.
Rosita toma la palabra: 
-Decile un ida y un ida y vuelta. Así te va a entender mejor.
-Ah bueno -contesta la chica mientras paga.
-Porque si no no te entiende. Si le decís dos idas y una vuelta, es más difícil.
-Bueno -vuelve a contestar la mujer mientras se dirige hacia el andén.
-¿Y tendrá una monedita, por favor?
La mujer no contesta y sigue caminando.

Es miércoles, y el último subte de la línea B parte con destino a Avenida de los Incas.
Suena la bocina.
Una mujer de mediana edad, con un bastón blanco se para frente a una de las puertas.
La conductora del subte aborta el cierre de puertas, se baja, y la ayuda a subir.
Vuelve a sonar la bocina, se cierran las puertas y el subte arranca.     
  

miércoles, 23 de junio de 2010

Escenas porteñas de la semana

Las escenas porteñas son un espacio caprichoso dentro del blog. No responden a esquemas, tampoco son meras descripciones, ni relatos, ni crónicas. Son tal vez un simple ejercicio de observación, un simple vistazo a lo que pasa en algunos rincones de Buenos Aires. Situaciones que por más cotidianas que sean nos llaman la atención, o nos sacan de la rutina por lo atípicas, extrañas o pintorescas, y que tal vez nos hacen pensar, o al menos preguntarnos cosas aunque tan sólo sea por unos pocos segundos.
Acá la primera zaga.

  • Jueves, once de la noche, en una esquina de Nuñez, a una cuadra de la estación de tren. Un borracho se abraza a una bolsa de basura, y mientras grita con tono alegre "Feliz Navidad" lanza al aire el contenido de la bolsa, que queda desparramado por toda la vereda.
  • Feriado del lunes, post día de la bandera. Mediodía. Un hombre entrado en años se acerca a una caja de un supermercado Disco de Palermo Chico para pagar, entre otras cosas, las tres latas de Speed que acaba de meter en el carro.
  • El mismo feriado, unas horas después, tres palomas devoran los restos de un vómito sobre la calle Lafinur, a metros del Museo Eva Perón. 
  • Martes, alrededor de las cinco de la tarde. A la mitad más uno de los argentinos se les pianta un lagrimón frente al televisor.
Foto: Julita