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miércoles, 26 de mayo de 2010

Festejos bicentenarios

No permitas que los hombres y sus suciedades los lastimen, los quiebren. 
Paraliza aquí mismo la vida.
Deja que para siempre subsistan las líneas punteadas de la Expedición al Alto Perú.
Que jamás deje de ser inmaculado, con su uniforme de parada, señalando con su índice enérgico hacia Chile, el General José de San Martín. Que nunca sepan que en aquel momento marchaba enfermo sobre una mula y no sobre un hermoso caballo blanco, cubierto con un simple poncho, encorvado y caviloso, enfermo.
Permanezca para siempre aquel pueblo de 1810 frente al Cabildo, esperando bajo la llovizna la Libertad de los Pueblos. 
Sea aquella revolución pura y perfecta, sean eternos y sin manchas sus jefes, no haya jamás debilidades ni traiciones, no muera abandonado e insultado el general Belgrano, no fusile Lavalle a su antiguo camarada de armas ni reciba ayuda de extranjeros.
No muera pobre y desilusionado en una remota ciudad de Europa, mirando hacia América, apoyado en su bastón de enfermo, el general José de San Martín.

Ernesto Sabato, Abaddón el Exterminador     

jueves, 22 de abril de 2010

Y vos, Guillermo..., ¿en qué clase estás?

Lo recuerdo bien. Volvía de la costa con un grupo de amigos, y uno de ellos, el Pollo, empezó a criticar el término intelectual. "¿Qué es un intelectual?, ¿Qué define a un intelectual?, ¿Por qué alguien es considerado un intelectual?", se preguntaba.
En ese momento creí necesario defender la denominación. Me enredé en una discusión donde yo defendía a los intelectuales, y los definía como gente que conoce, sabe o entiende de varias materias diferentes. Por ejemplo, alguien que escribe, sabe de filosofía, literatura, o de política podría ser un intelectual. Mi amigo no coincidió, me dijo que era algo relativo, que era una postura, un mote snob para definir algo que no tenía sentido.
No llegamos a nada, por supuesto.
Quizá el diccionario de la Real Academia Española me de un poco la razón. Al menos, en el aspecto teórico. 

intelectual: dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras.

Pero tal vez, el Pollo tuviera también mucha más razón de la que yo creía en su momento. Mejor vayamos al aspecto práctico. 
La semana pasada, en la columna Los intelectuales del diario La Nación le hicieron una entrevista al escritor Guillermo Martínez, donde hablaba de política y de nuestra sociedad. Para quien no lo conoce, dejo a continuación una mini biografía. Quien no la necesite, por supuesto que puede obviarla.

Guillermo Martínez es un matemático -con postdoctorado en Oxford bancado por el CONICET-, con militancia juvenil en la izquierda y devenido escritor. Nació en Bahía Blanca en 1962 y llegó a los 23 años a Buenos Aires para estudiar. Al tipo lo descubrí por el que fue, es -¿y será?- su mejor libro: la nouvelle Acerca de Roderer. Me la recomendó mi amigo Jaime, y me la devoré en unos pocos días. Una novela extraordinaria, de búsqueda existencial, de dilema adolescente, con pretenciones científico-religiosas que la vuelven infinita y misteriosa. ¿Si es parecida a Demian pero en clave porteña? Sí. Pero eso no le quita ningún mérito. Y no está mal escrita tampoco.
Bueno, cuestión que el tal Martínez tenía otro libro anterior, uno de cuentos llamado Infierno Grande. Un libro que está bien, pero que no cuesta meterse demasiado para vislumbrar una pluma novel detrás de cada cuento. Hay una excepción, y es un cuentazo, el mismo que da título al libro y que hace poco fue publicado por The New Yorker. Sí, nada menos que The New Yorker, esa prestigiosa revista literaria estadounidenese donde se publicaron a los mejores autores americanos de todos los tiempos, y donde el único argentino que había tenido el mismo privilegio era Borges.
Leí también La mujer del maestro, que apareció seis años después de Roderer. Un libro entretenido y un tanto snob sobre la vida social de los escritores, los cócteles los egos, y una escena de sexo para destacar. Cuando llegó el momento de los policiales, también llegó el éxito rotundo. Crímenes imperceptibles es un muy buen policial que tuvo una decepcionante versión en cine de la mano de Alex de la Iglesia y Frodo Bolsón -Elijah Wood-. Finalmente llegó La silecionsa muerte de Luciana B., una novela donde se repite la fórmula que lo había catapultado a las vidrieras de Yenny y Cúspide. Aburrida, pretenciosa y mal escrita. 
Sí, también publicó libros de matemática, de Borges y la matemática y de fómulas matemáticas que no leí.

Ese vendría a ser Guillermo Martínez. ¿Es un intelectual? No lo se. Calculo que eso es opinable.  También lo son algunas de los dichos donde, en la ya mencionada entrevista, acusa a la clase media actual de estar envuelta en un nuevo gorilismo. Algo así como gorilas del siglo XXI.

"Ha surgido un nuevo gorilismo en la era de los K, que consiste en rechazar todo lo que hace este gobierno por considerarlo contaminado y sospechoso. Se trata de un odio irracional, que no se toma el trabajo de analizar cada medida en particular ni de comparar honestamente a esta administración con las anteriores". 

"Los ciudadanos comunes tienen la tendencia a creer en las teorías del complot, porque ese mecanismo contribuye a elevarles la autoestima".

"Esa creencia genera la sensación de que uno es un iluminado y no un ingenuo, como todos los que compran la versión oficial".

"La clase media argentina -a diferencia de las clases medias en otros países donde he vivido, como Gran Bretaña o Estados Unidos- es muy ostentosa y sólo se solidariza con las clases bajas cuando le va mal".

No voy a polemizar sobre estas frases. Por supuesto que lo pueden hacer ustedes, y de hecho me encantaría saber qué opinan de esto. Yo simplemente voy a dejar algunas reflexiones y preguntas que me hice luego de leer la nota y al escribir este post.



  • ¿Qué es ser un ciudadano común? ¿GM es un ciudadano común? ¿O el ser un intelectual es lo que lo diferencia del ciudadano común?
  • ¿A qué clase pertenece Martínez? ¿Será de clase baja él? ¿O gracias a las ventas y publicaciones habrá trepado a la exclusiva clase alta? ¿O será un aristócrata? ¿Acaso los escritores están más allá de las categorizaciones sociales que ellos mismos hacen?
  • En círculos literarios de tinte más progresista, Martínez no es un autor que tenga mucha devoción. De hecho, he escuchado en alguna broma al pasar, cuando se referían a algún curso literario a la hora del té de señoras de mediana edad sin mucho más que hacer de su vida, como de un curso donde se estudiaba la relación entre Borges y Martínez... Pero más allá de esto que es anecdótico... ¿Martínez no estará criticando a sus propios lectores? ¿No será esa clase media la gran mayoría que compra sus libros? 
  • Coincido en que el argentino es egoísta, y que sólo protesta cuando le tocan el bolsillo.  Las cacerolas que sonaban en 2001 no chillan por los pibes que se mueren de hambre hoy. Salen cuando le tocan los impuestos a las exportaciones de soja. Y a las clases medias de los imperios angloparlantes no las conozco, así que le damos la derecha a Martínez que parece conocerlas muy bien.

jueves, 1 de abril de 2010

Monólogo de una tragedia doméstica

Un periodista forzó el encuentro. Ellas se reunieron en la casa de Marta Paz con ganas de hablar, de contar sus historias, de quejarse. Un mate daba vueltas, y un par de moscas aprovechaban el dulce de leche de dos facturas que nadie había tocado en una hora y media de charla. 
El reclamo de las mujeres se enquistaba en las rajaduras de las paredes de material. El diputado sólo acotaba. La mañana era de ellas. La mañana le pertenecía a las manzaneras. Después de años de dominio K en el conurbano, un micrófono se abría, y ellas lo aprovechaban.
Era la casa de Marta Paz. Allá, en Lomas de Zamora. En Villa Centenario, otro barrio olvidado del conurbano. Otro patio trasero peronista, otro cuadrilátero de riña caudillista.
Marta se sabía líder. Marta, con su voz profunda y estremecedora, con su cuerpo ancho y robusto, se dio el gusto de romper el hilo de la conversación. Qué importaba el periodista, qué importaba el diputado. A ella le importaba esa chica. Esa chica y su tragedia.
-Si vos vieras a esta chica, es una chiquita que... nada -dice Marta, el salón en silencio-. Vino y me dice: Quiero hablar con vos. Se puso a llorar y le pregunté qué le pasaba. Me dice: Yo maté a mi marido. Y me quedé así... Y me dice: Y si vuelve a vivir lo vuelvo a matar. Ella estaba morada, con marcas de cigarrillo, lastimada. Le pregunté si la lastimaba. Y dijo: Lo más triste es que tomaba, venía borracho, me castigaba, me mandaba a la pieza. Y la violaba a mi nena de ocho años.
El resto de las mujeres que escuchaba con atención reaccionó con un lamento unísono.
-La señora es chiquitita. Vos la ves y no vale un mango -continuó-. A mi hija, me dijo, hoy no la tocan más. No me la tocan -rememora Marta golpeando dos veces la mesa-. Vos decís, no vale dos pesos esta chica, y a mí te juro... se me corre por acá -dice Marta mientras se pasa la mano por el pecho-. Porque yo también lo haría. ¡Y para mí esa mujer no debería estar presa!
Algunas mujeres balbucean un tímido asentimiento.  
-Es mala la justicia -retoma Marta-. Dice que el tipo vino y le dijo: te vas de acá, pum, pum, pum. Y, ¿qué hizo? Dice la pibita que ella gritaba: Yo no aguanto más. No puede ser. No puede ser. 
Marta hizo un silencio. La moscas cruzaron la habitación y salieron por entre la cortina de flecos plásticos.
-Y entró con el tramontina y lo mató. Y me contó que le gritaba: ¡ahora no vas a joderme más! Y fue y se entregó sola. Y ahora está pagando su condena.