Lo recuerdo bien. Volvía de la costa con un grupo de amigos, y uno de ellos, el Pollo, empezó a criticar el término intelectual. "¿Qué es un intelectual?, ¿Qué define a un intelectual?, ¿Por qué alguien es considerado un intelectual?", se preguntaba.
En ese momento creí necesario defender la denominación. Me enredé en una discusión donde yo defendía a los intelectuales, y los definía como gente que conoce, sabe o entiende de varias materias diferentes. Por ejemplo, alguien que escribe, sabe de filosofía, literatura, o de política podría ser un intelectual. Mi amigo no coincidió, me dijo que era algo relativo, que era una postura, un mote snob para definir algo que no tenía sentido.
No llegamos a nada, por supuesto.
Quizá el diccionario de la Real Academia Española me de un poco la razón. Al menos, en el aspecto teórico.
intelectual: dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras.
Pero tal vez, el Pollo tuviera también mucha más razón de la que yo creía en su momento. Mejor vayamos al aspecto práctico.
La semana pasada, en la columna Los intelectuales del diario La Nación le hicieron una entrevista al escritor Guillermo Martínez, donde hablaba de política y de nuestra sociedad. Para quien no lo conoce, dejo a continuación una mini biografía. Quien no la necesite, por supuesto que puede obviarla.

Guillermo Martínez es un matemático -con postdoctorado en Oxford bancado por el CONICET-, con militancia juvenil en la izquierda y devenido escritor. Nació en Bahía Blanca en 1962 y llegó a los 23 años a Buenos Aires para estudiar. Al tipo lo descubrí por el que fue, es -¿y será?- su mejor libro: la nouvelle Acerca de Roderer. Me la recomendó mi amigo Jaime, y me la devoré en unos pocos días. Una novela extraordinaria, de búsqueda existencial, de dilema adolescente, con pretenciones científico-religiosas que la vuelven infinita y misteriosa. ¿Si es parecida a Demian pero en clave porteña? Sí. Pero eso no le quita ningún mérito. Y no está mal escrita tampoco. Bueno, cuestión que el tal Martínez tenía otro libro anterior, uno de cuentos llamado Infierno Grande. Un libro que está bien, pero que no cuesta meterse demasiado para vislumbrar una pluma novel detrás de cada cuento. Hay una excepción, y es un cuentazo, el mismo que da título al libro y que hace poco fue publicado por The New Yorker. Sí, nada menos que The New Yorker, esa prestigiosa revista literaria estadounidenese donde se publicaron a los mejores autores americanos de todos los tiempos, y donde el único argentino que había tenido el mismo privilegio era Borges.
Leí también La mujer del maestro, que apareció seis años después de Roderer. Un libro entretenido y un tanto snob sobre la vida social de los escritores, los cócteles los egos, y una escena de sexo para destacar. Cuando llegó el momento de los policiales, también llegó el éxito rotundo. Crímenes imperceptibles es un muy buen policial que tuvo una decepcionante versión en cine de la mano de Alex de la Iglesia y Frodo Bolsón -Elijah Wood-. Finalmente llegó La silecionsa muerte de Luciana B., una novela donde se repite la fórmula que lo había catapultado a las vidrieras de Yenny y Cúspide. Aburrida, pretenciosa y mal escrita. Sí, también publicó libros de matemática, de Borges y la matemática y de fómulas matemáticas que no leí.
Ese vendría a ser Guillermo Martínez. ¿Es un intelectual? No lo se. Calculo que eso es opinable. También lo son algunas de los dichos donde, en la ya mencionada entrevista, acusa a la clase media actual de estar envuelta en un nuevo gorilismo. Algo así como gorilas del siglo XXI.
"Ha surgido un nuevo gorilismo en la era de los K, que consiste en rechazar todo lo que hace este gobierno por considerarlo contaminado y sospechoso. Se trata de un odio irracional, que no se toma el trabajo de analizar cada medida en particular ni de comparar honestamente a esta administración con las anteriores".
"Los ciudadanos comunes tienen la tendencia a creer en las teorías del complot, porque ese mecanismo contribuye a elevarles la autoestima".
"Esa creencia genera la sensación de que uno es un iluminado y no un ingenuo, como todos los que compran la versión oficial".
"La clase media argentina -a diferencia de las clases medias en otros países donde he vivido, como Gran Bretaña o Estados Unidos- es muy ostentosa y sólo se solidariza con las clases bajas cuando le va mal".
No voy a polemizar sobre estas frases. Por supuesto que lo pueden hacer ustedes, y de hecho me encantaría saber qué opinan de esto. Yo simplemente voy a dejar algunas reflexiones y preguntas que me hice luego de leer la nota y al escribir este post.
- ¿Qué es ser un ciudadano común? ¿GM es un ciudadano común? ¿O el ser un intelectual es lo que lo diferencia del ciudadano común?
- ¿A qué clase pertenece Martínez? ¿Será de clase baja él? ¿O gracias a las ventas y publicaciones habrá trepado a la exclusiva clase alta? ¿O será un aristócrata? ¿Acaso los escritores están más allá de las categorizaciones sociales que ellos mismos hacen?
- En círculos literarios de tinte más progresista, Martínez no es un autor que tenga mucha devoción. De hecho, he escuchado en alguna broma al pasar, cuando se referían a algún curso literario a la hora del té de señoras de mediana edad sin mucho más que hacer de su vida, como de un curso donde se estudiaba la relación entre Borges y Martínez... Pero más allá de esto que es anecdótico... ¿Martínez no estará criticando a sus propios lectores? ¿No será esa clase media la gran mayoría que compra sus libros?
- Coincido en que el argentino es egoísta, y que sólo protesta cuando le tocan el bolsillo. Las cacerolas que sonaban en 2001 no chillan por los pibes que se mueren de hambre hoy. Salen cuando le tocan los impuestos a las exportaciones de soja. Y a las clases medias de los imperios angloparlantes no las conozco, así que le damos la derecha a Martínez que parece conocerlas muy bien.