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lunes, 20 de junio de 2011

El humor en tiempos de Periplo

Como cada bimestre, Periplo volvió a navegar por las redes. Esta vez para reflexionar sobre el humor. En Cine en Rama, hacemos lo nuestro Stephanie Simonetta y yo. Ella con un artículo inteligente con algunos hallazgos desopilantes sobre El nombre de la rosa y las mordazas a la risa en el Medioevo. Lo ilustra Julieta Piaggio, que dejó algunas otras de sus creativas ilustraciones por el resto de la revista. Lo mío fue un homenaje al gran Chaplin a partir de una de sus grandes películas Tiempos modernos, y tejiendo paralelismos con Las uvas de la ira, esa novela que llevó a John Steinbeck a ganar el Premio Nobel. Lo acompaña una gran ilustración de Mar Ample.
Así que basta de cháchara, y disfruten de este número.



Si quieren leer números anteriores métanse acá.


sábado, 30 de abril de 2011

Se nos fue Sabato... y estoy triste

Desayuno de sábado: pomelo, café, tostadas y hasta huevos revueltos con mermelada de ciruela. La tele prendida en canal 26. Un notero compartía un almuerzo con unos rugbiers que pedían la solidaridad de la gente para una donación pulmonar para el presidente de su club.
Y una placa negra: la figura de Ernesto Sabato y debajo 1911-2011.
No reaccioné, simplemente se lo comenté a Juli.


Cambié de canal y los vecinos de Santos Lugares ya se acercaban al club de barrio donde iba a ser su velorio. Y sin darme cuenta me puse a llorar. No entendía por qué, escondía mis lágrimas y miraba para abajo. Pero no lo podía controlar. Siempre pensé que cuando una persona lloraba por un artista o una estrella de cine que nunca había conocido personalmente tenía algo de exagerado, de ficción, de hacerse el triste.
Me pregunté el porqué otra vez y empecé a darme cuenta. Sus libros me habían marcado la vida, especialmente Sobre héroes y tumbas. Y no tuve dudas que sí conocía a esa persona que había muerto esta madrugada. Tal vez no personalmente, ni siquiera mientras firmaba un libro en la Feria o caminaba por la calle o en alguna conferencia. Conocía lo que había escrito, y especialmente para un tipo como Sabato, era conocerlo a él. Su ficción siempre rayó lo autobiográfico y ahí estaba él, sufrido, sensible, auto destructivo, misterioso, complicado, iluso, valiente, verborrágico, soberbio, débil, brillante, torpe, incomprensible, miedoso, depresivo, auténtico, porteño, platense, argentino, europeo, científico, comunista, crítico y criticado.

Desde ese túnel 
Como a muchos le habrá pasado, fue una profesora del secundario la que me hizo leerlo por primera vez. 
Del libro no me acuerdo mucho más que una casa enorme, un pintor obsesivo y obsesionado, un amor imposible, y Buenos Aires. Siempre Buenos Aires. Y eso de que había un túnel oscuro y solitario, el de cada uno.
Después fue una plaza. Alguien con quien en aquel tiempo compartía las tardes. Escuché atentamente el pasaje que leyó: una playa en Miramar, solitaria, vacía, y una chica que se llamaba Alejandra. 
Años más tarde lo leí. Y descubrí que existía una Buenos Aires bajo tierra. Que los ciegos que vendían ballenitas en el subte se manejaban como una logia. Que los anarquistas habían pululado por las arcadas del bajo diseminando sus ideas. Que el cuerpo del general Lavalle había viajado kilómetros por el norte de la Argentina mientras su carne se pudría. Que detrás de la Iglesia Redonda había una puerta donde estaba el acceso a la Buenos Aires subterránea.
Que nuestras calles eran misteriosas, que detrás de cada banco de plaza, de cada persona, de cada café, había una historia, y que dependía de cada uno que fuera contada o no. 
Los textos podían ser largos y complicados, pero a mí me resultaban fascinantes. Recuerdo que lo terminé de leer sentado en el escritorio del cuarto de la casa de mis padres. Que la edición del 70 de Sudamericana que me había dejado mi madre estaba mezclada entre los libros de derecho. Que debía dar una exámen, pero volvía a levantar el libro del suelo para releer pasajes. Y que más tarde le contaba en algún café a Fede Pera que cuando terminé de leer ese libro quería juntarme con Sabato para preguntarle mil cosas sobre el libro.
Y él me decía que era tan simple como irse hasta Santos Lugares y tocarle el timbre. Nunca lo hicimos.

Foto: Julita
Esos cuentos
No sólo lo leí, también seguí sus consejos en materia de lectura. Apenas salieron Cuentos que me apasionaron I y II, los compré y los devoré. Ahí conocí un cuento de  apenas dos páginas de Franz Kafka que no conocía. Se llamaba Ante la Ley. Más tarde me enteraría que era simplemente una historia dentro de El proceso. Lo leí volviendo en una combi de Lomas de Zamora. Había ido a ver expedientes, pero apenas lo terminé saqué unas hojas y borroneé lo que sería mi primer cuento en serio. Y me hizo conocer a Jack London, a Gogol, a Katherine Mansfield. Y me dio orgullo que su cuento favorito de Poe fuera el mismo que el mío: La máscara de la muerte roja.
Y después de mucho tiempo me animé a leer Abaddón el exterminador. Recién el año pasado. Y fue la aproximación a un Sabato excesivamente al descubierto, descarnado, sin defensa, en estado de exposición absoluta. Donde hubo pasajes infinitos, laberínticos, innecesarios, pero donde debajo se podía ver a Sabato otra vez, con sus personajes de carne y hueso, atribulados, sufridos, suicidas. Y los cafés y las discusiones teóricas que en muchos pasajes se me iban de las manos, y esas calles de Europa cuando él era científico, con la muerte acechando detrás de cualquier puerta, en los ojos de cualquier persona. El relato de un paranoico, de un hombre que hacía catarsis, que vomitaba los hechos más oscuros y terribles que sufría este país. Delen, aumenten el voltaje. Le dieron en las ingles, en las axilas, en las plantas de los pies. Su cuerpo se sacudía salvajemente... Sentía que le arrancaban la carne con tenazas candentes. De pronto empezó a ver todo blanco y el corazón golpeaba sobre su pecho como alguien a golpes de puño, sobre una puerta, encerrado en un cuarto con perros rabiosos que lo destrozan. Eso a Palito. Y a la santiagueña, a Esthercita la agarraron entre muchos. Y ésto lo contó en 1974 cuando muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras estaban bien calladitos.
Y él se mete como personaje, habla de su anterior novela, y se pierde entre las palabras.
La última charla que tuve sobre este libro fue con Joaquín Bilbao. Y nos fuimos a Sobre héroes y tumbas. El lo criticaba, y yo comprendiendo sus argumentos, lo defendía desde mi subjetividad. Le decía lo mismo que les digo ahora a ustedes, que a mí me marcó. Y cuando un texto te marca, no hay nada qué hacer. Y charlamos casi una hora, y nos arrepentimos de no haberlo grabado. Hubiéramos jugado a vivir lo que hizo Orlando Barone cuando grabó las conversaciones de Borges y Sabato. A creer que discutíamos algo que valía la pena, aunque nunca a nadie le interesara siquiera hojear nuestra discusión sobre este libro de Sabato.
Y a fin del año pasado se lo regalé a Juli, y se que tarde o temprano le va a dar una oportunidad, y lo voy a volver  a discutir, y me voy a acordar de Martín sentado en el Parque Lezama, y del mirador de la casona de Barracas.
Y no tengo mucho más que decir. Tal vez que este escritor era más parte de mi vida de lo que yo pensaba. Y que mi inconsciente lo sabía.
Y que simplemente agradezco su obra, su autenticidad y por ser haber sido una persona sin caretas. Que se la jugó por su obra, valiente, sincero, triste, eterno.   


miércoles, 23 de febrero de 2011

Storytelling, algo más que contar historias

¿Qué mejor que la vuelta del blog con la presentación de un nuevo número de Periplo?
Esta nueva tirada digital de la revista invita a reflexionar sobre la ficción. Porque sí, de una manera u otra todos la consumimos ya sea en novelas, cuentos, películas y vaya a saber qué formato más. Pero, ¿acaso nos sentamos a pensar qué está detrás de la ficción? ¿Y para qué diablos la consumimos? ¿Y por qué será que trasciende el tiempo y los envases? ¿Y a dónde es que nos lleva cada vez que nos escapamos con ella? Habrá muchas más preguntas, pero también muchas más respuestas. 
Desde el blog sólo les dejaré probar un poco de lo que fue mi aporte. Yo me metí con el director estadounidense Todd Solondz, su ácida manera de mirar el mundo cotidiano, y su profunda reflexión sobre la realidad y la ficción en esa controvertida película que es Storytelling. Y un gracias a Julieta por las imágenes —acá abajo una de ellas—, que de paso vale la pena decir que cada vez están mejores. Y por supuesto, a todos los que con esfuerzo, talento y buena onda hacen Periplo.




Vi, una joven estudiante de literatura, plasma en un cuento su experiencia con un profesor universitario, ganador del Pulitzer, que la somete sexualmente mientras le exige que lo llame negro en forma despectiva.
Un mediocre documentalista revela la tragedia cotidiana que vive Scooby, un adolescente que sueña con ser famoso, en la puja con sus padres por no ir a la universidad.
Estos dos relatos conforman la controvertida y censurada Storytelling (2001), cuarta película del estadounidense Todd Solondz en la que propone al espectador la chance de reflexionar sobre la ficción. ¿Sirve la ficción para denunciar las miserias de la realidad? ¿Está preparado ese espectador para  ahondar en esa realidad ficcionada y que ésta no resulte un mero ejercicio pasajero? ¿Puede la ficción cambiar la realidad?
En su empeño por mostrar parte de la realidad a través de la ficción, Solondz no tiene compasión con nadie; ni con el espectador ni con sus propios personajes...

martes, 5 de octubre de 2010

Hiroshima, la guerra eterna

Una nueva edición de Periplo ya está disponible en la red. Esta vez, todo gira en torno al concepto de utopía. En esta oportunidad, mi aporte en la sección Cine en rama juega con la idea de la muerte de la utopía a partir de la caída de la bomba en Hiroshima. Siempre custodiado bajo el ojo crítico de Joaquín Bilbao, y esta vez -y esperemos que no sea la única- decorado con ilustraciones de Julieta Piaggio. Acá les dejo el comienzo.


Si hubo un episodio en la historia de la humanidad que pulverizó la esperanza de una realidad afín a la utopía fue cuando arrojaron la bomba sobre Hiroshima. Y si hubo una película que supo plasmar con maestría esta tragedia colectiva a través del relato de la experiencia individual fue Hiroshima, mon amour.
Ella recuerda. El hierro retorcido. El hierro roto, vulnerable como la carne. Carne humana, suspendida como si aún estuviera viva, con su agonía todavía latente. Espaldas chamuscadas, rostros deformados, la destrucción en la mirada. “Sobrevivientes adaptados a un destino tan injusto”, dice. Por qué negar la obvia necesidad de recordar; 200.000 muertos y 80.000 heridos en nueve segundos. “Una ciudad entera será elevada del suelo para volver a caer en la tierra hecha cenizas”, sentencia.
“Tú no has visto nada en Hiroshima —repite él—. Tú no has visto nada”.
Ella, una mujer francesa que llegó a Hiroshima para filmar una película que aboga por la paz en el mundo. Él, un arquitecto japonés que vive con su familia en la ciudad. Enamorados furtivamente, reflexionan entre las sábanas de un cuarto de hotel sobre ese día, 14 años atrás, en que cayó la bomba atómica.
Un amor prohibido, fugaz y doloroso entre ella, la memoria colectiva, y él, la experiencia viva de Hiroshima...

miércoles, 11 de agosto de 2010

Periplo, la nueva criatura digital

Esta de acá a la izquierda es Periplo. Bah, es la cuarta mutación de Periplo, que ya pasó por tres etapas anteriores. 
Periplo nació hablando de la muerte, se fue al exilio, volvió para referirse a las musas del poder, y en su cuarto volumen -recién salido del horno- versa sobre el dilema de los héroes y los antihéroes.
Uf. Ya parece un viaje enorme, y pensar que es sólo el comienzo.
Periplo, como ya se habrán imaginado, es una revista digital que ve la luz cada dos meses con la idea de presentar un determinado tema y abarcarlo desde distintas ópticas a través de diferentes artículos y recursos narrativos.
Y como ya habrán visto en la tapa de acá al lado, Periplo tiene una estética tan personal como elaborada; al pasar sus páginas digitales uno se encuentra con dibujos tan originales que dan ganas de disfrutarlos impresos. 
Periplo es una producción con base en Salamanca, España, pero con periodistas, diseñadores y colaboradores de distintos países.
Gracias a la propuesta de mi amigo Joaquín Bilbao -a cargo de la sección Cine en Rama-, tuve la posibilidad de sumarme a este periplo con Buscando a Holden, un artículo de cine -que tiene bastante de literatura- sobre este nuevo antihéroe sensible que anda dando vueltas por la pantalla grande.  
Por todo esto, y mucho más, no puedo dejar de recomendarles y compartir Periplo.
Acá les dejo el link donde pueden leer la revista, y donde también podrán ver los números anteriores.

¡Que la disfuten!


miércoles, 26 de mayo de 2010

Festejos bicentenarios

No permitas que los hombres y sus suciedades los lastimen, los quiebren. 
Paraliza aquí mismo la vida.
Deja que para siempre subsistan las líneas punteadas de la Expedición al Alto Perú.
Que jamás deje de ser inmaculado, con su uniforme de parada, señalando con su índice enérgico hacia Chile, el General José de San Martín. Que nunca sepan que en aquel momento marchaba enfermo sobre una mula y no sobre un hermoso caballo blanco, cubierto con un simple poncho, encorvado y caviloso, enfermo.
Permanezca para siempre aquel pueblo de 1810 frente al Cabildo, esperando bajo la llovizna la Libertad de los Pueblos. 
Sea aquella revolución pura y perfecta, sean eternos y sin manchas sus jefes, no haya jamás debilidades ni traiciones, no muera abandonado e insultado el general Belgrano, no fusile Lavalle a su antiguo camarada de armas ni reciba ayuda de extranjeros.
No muera pobre y desilusionado en una remota ciudad de Europa, mirando hacia América, apoyado en su bastón de enfermo, el general José de San Martín.

Ernesto Sabato, Abaddón el Exterminador     

viernes, 21 de mayo de 2010

La vigencia de Manuel Puig

General Villegas, mayo de 1947
A los 29 años, muere Juan Carlos Etchepare de una enfermedad pulmonar. Pero el deceso no pasa desarpercibido; todo lo contrario. Los "virtuosismos" demostrados en vida por el occiso dejaron sus huellas, sobretodo entre las mujeres del lugar. Y la mecha se volvió a encender: cartas de mujeres casadas a la madre de su ex novio, y un sinfín de secretos destapados. Celos, infidelidad, mentira y muerte. Pueblo chico, infierno grande. 

General Villegas, mayo de 2010
Un video circula entre los vecinos. Lo que se ve parece ser una jovencita practicándole sexo oral a tres muchachones. "¿Eso pasó acá?". "Pero claro, si esta chica siempre anduvo en cosas raras. Dicen que a los 12 había estado con un camionero ya". "¡Pero ella es menor! Sólo tiene 14 años y los tipos alrededor de 30." Y después: la denuncia penal por abuso, la marcha de unos a favor de los abusadores, la marcha a favor de la adolescente, más rumores, las cámaras de televisión, amenazas, agravios, y una olla hirviendo destapada. Pueblo chico, infierno grande.

El primero de los textos es un resumen de la trama del libro Boquitas Pintadas de Manuel Puig. Lo escribió en 1968, 42 años antes de los sucesos de General Villegas que hoy conmocionan a los noticieros porteños.
Manuel Puig nació ahí. 
Ahora bien, podemos preguntarnos, ¿en General Villegas siempre pasaron esas cosas, o Puig es un visionario? Yo creo que hay un poco de ambos.
Pero vamos por partes. 
No se si 42 años atrás, una adolescente por motu proprio -en estos días el Fiscal dijo que  la chica prestó su consentimiento- hubiera estado con tres enfermos de entre 25 y 30 pirulos, pero que siempre existieron relaciones turbias tanto en pueblos como en ciudades es un hecho. Siempre pasó, en todos lados, y en todas las épocas. El tema es que hoy hay menos tabú y más formas de enterarse de las cosas. Digo teléfonos celulares, cámaras digitales, internet, etc.
Y sí, por otro lado, también creo que Puig tiene algo de visionario. Sobretodo en días en que nos ponemos de pie para aplaudir al director austríaco/alemán Michael Haneke por mostrar lo que podría ser la semilla del nazismo en un pueblito alemán, en años previos a la WWI, en La Cinta Blanca. Por supuesto, Puig no nos mostró en Boquitas Pintadas la semilla de la perversión nazi, pero quién te dice que una pepita de la actual perversión e incontinencia sexual estuviera depositada ya en esa época y en ese libro. Al final de cuenta es el mismo juego que Haneke, pero con el mérito de que el argentino se anticipó a los hechos y no lo hizo de manera retrospectiva.
Ah, y vale aclarar que en las páginas de Boquitas Pintadas no se encuentra ningún hecho tan grave como el que hoy nos muestra la tele. Aunque, pensándolo bien, en La Cinta Blanca tampoco hay un desastre de la magnitud del sheol craedo por los nazis. Semillas, simplemente semillas.

Pero no conforme con lo de Boquitas Pintadas, voy a agregar una obra más de Puig donde en 1976 ya instalaba un tema que hoy está en boca de todos.
El beso de la mujer araña cuenta la relación entre dos compañeros de celda en una prisión argentina. Uno es un preso político, y el otro un homosexual. En el desarrollo de la historia, Puig deja notas al pie donde cita a estudios y opiniones de diferentes psicólogos y sociólogos -hay mucho Freud, por supuesto- sobre las causas de la homosexualidad. Tal vez ya en 1976 el tema de la homosexualidad no fuera una novedad, pero dados los debates que ocupan al Congreso hoy -y sobretodo la liviandad teórica de muchos legisladores-, lo de Puig es otro mérito. Por supuesto, el libro fue censurado en nuestro país.
Aunque quizá en este caso sea la mediocridad de los otros lo que más resalte el trabajo del escritor.    

Para quien quiera leer más sobre el tema dejo una nota de Rolando Hanglin, donde reflexiona sobre el fenómeno de los videos, y los sucesos de Villegas y Las Heras.

jueves, 22 de abril de 2010

Y vos, Guillermo..., ¿en qué clase estás?

Lo recuerdo bien. Volvía de la costa con un grupo de amigos, y uno de ellos, el Pollo, empezó a criticar el término intelectual. "¿Qué es un intelectual?, ¿Qué define a un intelectual?, ¿Por qué alguien es considerado un intelectual?", se preguntaba.
En ese momento creí necesario defender la denominación. Me enredé en una discusión donde yo defendía a los intelectuales, y los definía como gente que conoce, sabe o entiende de varias materias diferentes. Por ejemplo, alguien que escribe, sabe de filosofía, literatura, o de política podría ser un intelectual. Mi amigo no coincidió, me dijo que era algo relativo, que era una postura, un mote snob para definir algo que no tenía sentido.
No llegamos a nada, por supuesto.
Quizá el diccionario de la Real Academia Española me de un poco la razón. Al menos, en el aspecto teórico. 

intelectual: dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras.

Pero tal vez, el Pollo tuviera también mucha más razón de la que yo creía en su momento. Mejor vayamos al aspecto práctico. 
La semana pasada, en la columna Los intelectuales del diario La Nación le hicieron una entrevista al escritor Guillermo Martínez, donde hablaba de política y de nuestra sociedad. Para quien no lo conoce, dejo a continuación una mini biografía. Quien no la necesite, por supuesto que puede obviarla.

Guillermo Martínez es un matemático -con postdoctorado en Oxford bancado por el CONICET-, con militancia juvenil en la izquierda y devenido escritor. Nació en Bahía Blanca en 1962 y llegó a los 23 años a Buenos Aires para estudiar. Al tipo lo descubrí por el que fue, es -¿y será?- su mejor libro: la nouvelle Acerca de Roderer. Me la recomendó mi amigo Jaime, y me la devoré en unos pocos días. Una novela extraordinaria, de búsqueda existencial, de dilema adolescente, con pretenciones científico-religiosas que la vuelven infinita y misteriosa. ¿Si es parecida a Demian pero en clave porteña? Sí. Pero eso no le quita ningún mérito. Y no está mal escrita tampoco.
Bueno, cuestión que el tal Martínez tenía otro libro anterior, uno de cuentos llamado Infierno Grande. Un libro que está bien, pero que no cuesta meterse demasiado para vislumbrar una pluma novel detrás de cada cuento. Hay una excepción, y es un cuentazo, el mismo que da título al libro y que hace poco fue publicado por The New Yorker. Sí, nada menos que The New Yorker, esa prestigiosa revista literaria estadounidenese donde se publicaron a los mejores autores americanos de todos los tiempos, y donde el único argentino que había tenido el mismo privilegio era Borges.
Leí también La mujer del maestro, que apareció seis años después de Roderer. Un libro entretenido y un tanto snob sobre la vida social de los escritores, los cócteles los egos, y una escena de sexo para destacar. Cuando llegó el momento de los policiales, también llegó el éxito rotundo. Crímenes imperceptibles es un muy buen policial que tuvo una decepcionante versión en cine de la mano de Alex de la Iglesia y Frodo Bolsón -Elijah Wood-. Finalmente llegó La silecionsa muerte de Luciana B., una novela donde se repite la fórmula que lo había catapultado a las vidrieras de Yenny y Cúspide. Aburrida, pretenciosa y mal escrita. 
Sí, también publicó libros de matemática, de Borges y la matemática y de fómulas matemáticas que no leí.

Ese vendría a ser Guillermo Martínez. ¿Es un intelectual? No lo se. Calculo que eso es opinable.  También lo son algunas de los dichos donde, en la ya mencionada entrevista, acusa a la clase media actual de estar envuelta en un nuevo gorilismo. Algo así como gorilas del siglo XXI.

"Ha surgido un nuevo gorilismo en la era de los K, que consiste en rechazar todo lo que hace este gobierno por considerarlo contaminado y sospechoso. Se trata de un odio irracional, que no se toma el trabajo de analizar cada medida en particular ni de comparar honestamente a esta administración con las anteriores". 

"Los ciudadanos comunes tienen la tendencia a creer en las teorías del complot, porque ese mecanismo contribuye a elevarles la autoestima".

"Esa creencia genera la sensación de que uno es un iluminado y no un ingenuo, como todos los que compran la versión oficial".

"La clase media argentina -a diferencia de las clases medias en otros países donde he vivido, como Gran Bretaña o Estados Unidos- es muy ostentosa y sólo se solidariza con las clases bajas cuando le va mal".

No voy a polemizar sobre estas frases. Por supuesto que lo pueden hacer ustedes, y de hecho me encantaría saber qué opinan de esto. Yo simplemente voy a dejar algunas reflexiones y preguntas que me hice luego de leer la nota y al escribir este post.



  • ¿Qué es ser un ciudadano común? ¿GM es un ciudadano común? ¿O el ser un intelectual es lo que lo diferencia del ciudadano común?
  • ¿A qué clase pertenece Martínez? ¿Será de clase baja él? ¿O gracias a las ventas y publicaciones habrá trepado a la exclusiva clase alta? ¿O será un aristócrata? ¿Acaso los escritores están más allá de las categorizaciones sociales que ellos mismos hacen?
  • En círculos literarios de tinte más progresista, Martínez no es un autor que tenga mucha devoción. De hecho, he escuchado en alguna broma al pasar, cuando se referían a algún curso literario a la hora del té de señoras de mediana edad sin mucho más que hacer de su vida, como de un curso donde se estudiaba la relación entre Borges y Martínez... Pero más allá de esto que es anecdótico... ¿Martínez no estará criticando a sus propios lectores? ¿No será esa clase media la gran mayoría que compra sus libros? 
  • Coincido en que el argentino es egoísta, y que sólo protesta cuando le tocan el bolsillo.  Las cacerolas que sonaban en 2001 no chillan por los pibes que se mueren de hambre hoy. Salen cuando le tocan los impuestos a las exportaciones de soja. Y a las clases medias de los imperios angloparlantes no las conozco, así que le damos la derecha a Martínez que parece conocerlas muy bien.

martes, 20 de abril de 2010

El día que la lluvia se volvió granizo

¿Quién no ha disfrutado de una estruendosa tormenta desde atrás de una ventana? ¿Quién no ha repetido eso de "que bueno estar en casa con esta lluvia"? Que el cielo se venga abajo y nosotros estemos adentro con una buena peli -si es de suspenso, terror o ciencia ficción mucho mejor-, leyendo un buen libro, mangiando unas suculentas pastas, o durmiendo una siesta -solos o acompañados- solía ser sinónimo de placer.
Pero desde aquella primera granizada de un par de años atrás, la lluvia se volvió paranoia, se volvió un impulso para salir corriendo a buscar un colchón o cartones para tapar el auto, y evitar así que otra vez se convierta en un queso gruyere.
Y confieso que siempre me molestó un poco esa locura post granizo. Me parecía exagerada: cada lluvia, cada tormenta, alerta de granizo.
Lo mismo sucedió el domingo mientras jugaba al fútbol. El cielo se encapotó, un par de rayos cruzaron el cielo, y unas primeras gotas frías empezaron a caer. Algunos de los que jugaban salieron corriendo a "buscar un techo para el auto". Me pareció exagerado y ridículo. Y bueno, lo que siguió no hace falta repetirlo... Y lo peor, fue que el mito del granizo se había vuelto realidad. Si ya nos poníamos paranoicos antes del domingo, ¿cómo miércoles va a ser a partir de ahora?

Pero para sacarnos el gusto amargo de los autos, tejas, vidrios y cabezas agujereadas voy a dejar un pasaje extraordinario del cuento "Granjero de verano" del amigo Cheever -sí, otra vez Cheever-, con una descripción excelente de una lluvia que en un un principio asusta, pero que después se vuelve poesía. Tal vez, una de aquellas tormentas que antes nosotros también podíamos disfrutar.

Un relámpago tocó el bosque, tan cerca de ellos que les llegó el olor de la descarga galvánica, y un segundo después se produjo la explosión de un trueno que dio la impresión de haber destruido el condado. Luego pasó el frente de la tormenta, cesó el viento, y las gotas cayeron a su alrededor con la perseverante melancolía de una lluvia otoñal.

martes, 13 de abril de 2010

Misceláneas de un martes 13

Levanté la persiana que da al balcón, y ahí estaba, adherida al vidrio, casi tan grande como la palma de una mano. Era una mariposa nocturna, tan gris como el pavimento mojado. Me recordó a aquella que le tapa la boca a Jodie Foster en el poster de El silencio de los inocentes. Abrí la ventana para mover un cactus que estaba recibiendo demasiada agua, y ella, en un vuelo pesado, narcótico, desapareció.
Me quedé pensando en el mito, ese que dice que cuando se encuentra una mariposa negra descansando en el umbral de una puerta, en una ventana o en un alero es señal de mala suerte o de muerte. "Hoy es martes 13", me dije. Y al volver más tarde a mi cuarto, sobre la ventana, estaba ahí, la misma mariposa nocturna que había visto volar más temprano. Dos golpes en la ventana, y adiós al insecto.

Viajaba en el subte, se aproximaba la estación Pueyrredón donde me tenía que bajar, y leía este pasaje de "Clancy en la torre de Babel", un cuentazo de John Cheever. Decía así: 
Clancy bajó a buscar al señor Coolidge, ambos entraron juntos en el sótano y cerraron la llave del gas del señor Rowantree. Clancy volvió a subir. La puerta del apartamento estaba cerrada. Cuando la abrió, oyó el silbido del gas. Sacó la cabeza del señor Rowantree del horno.
-¡Está usted perdiendo el tiempo! -gritó-. ¡Le hemos cortado el gas! ¡Está perdiendo el tiempo!  
El subte comenzó a frenar, cerré el libro, y me acerqué a la puerta.
Cuando salí miré instintivamente a la tele de la estación: una voz en off detallaba los síntomas de una intoxicación por monóxido de carbono.
"Y... son cosas que te pasan si estás vivo", diría Liniers.



viernes, 29 de enero de 2010

De escritores y legados


Bueno, como muchos sabrán, ha muerto Salinger.
Respecto a eso, no voy a hacer nada más que recomendar otra vez la lectura de un artículo que escribió Juan Ignacio Boido en enero del año pasado: "Homenajes: Salinger cumple 90 años" Creo que ese es el mejor homenaje.
De mi parte, agregaré unas líneas que de él escribió Capote en su obra inconclusa Plegarias Atendidas.

-¿Te acuerdas de lo de Salinger? -dijo Mrs. Matthau.
-¿Salinger?
-"Un día perfecto para el pez plátano". Ese Salinger.
-Franny y Zooey.
-Eso. ¿No te acuerdas de él?
Mrs. Cooper reflexionó, hizo pucheros. No, no se acordaba.
-Fue mientras aún estábamos en Brearley -dijo Mrs. Matthau-. Antes de que Oona conociese a Orson. Oona tenía un novio mentiroso, un chico judío con una madre en Park Avenue, Jerry Salinger. Quería ser escritor, y le escribió a Oona cartas de diez páginas mientras estuvo en el ejército, en ultramar. Eran una especie de cartas de amor, muy tiernas, tiernísimas. Lo cual es demasiada ternura. Oona solía leérmelas y cuando me preguntó qué pensaba, le dije que a mí me parecía que debía de ser un chico que lloraba con mucha facilidad. Pero lo que quería saber era si yo pensaba que era alguien brillante y con talento, o nada más que un imbécil. Y yo dije que las dos cosas, ese chico es las dos cosas, y unos años más tarde, cuando leí El guardián entre el centeno y me enteré de que el autor era el Jerry de Oona, seguí manteniendo la misma opinión.

Mientras tanto, aprovecho la ocasión para dejar unas líneas de algo que legó Roberto Arlt en el prólogo a Los Lanzallamas -segunda parte de Los Siete Locos- que habla de la escritura, del "tener algo que decir", y por qué no, de la misma pasión que debió haber tenido Salinger para escribir semejantes libros.

"Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana".

"Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras".

Y esas inefables palabras, al misterioso Salinger le fueron dictadas. Y de qué manera.
Hasta siempre, Holden, Franny, Seymour, Zooey, Phoebe... Hasta siempre J.D.


jueves, 10 de diciembre de 2009

Sobre el legado de Rodolfo Walsh


Leí en el diario que mañana comienza el juicio contra 19 represores de la ESMA, a los cuales se imputa, entre otros delitos, el secuestro y muerte del periodista Rodolfo Walsh.
Y justamente recién este año leí Operación Masacre. Curiosamente, más que sobre la historia, había sido eco del dilema ese de si el periodista y escritor argentino era el pionero del non fiction o no lo era.
Quien se encargó de desmitificar esto y me mandó a leer el libro fue la profesora que tuve en la materia 'Escritores y periodistas'. Ella, Karina Galperín, dijo que ni Capote ni Walsh fueron pioneros en tanto antes del 57 habían salido ya libros de no ficción. Y que lo que hizo Capote con A sangre fría, fue simplemente instalarlo en todo el mundo, lo que no es poco, claro.
Pero no quiero perder el hilo. Karina Galperín, que como les dije da Operación Masacre en la Universidad Di Tella, contó una anécdota tan simple como interesante que de alguna manera muestra lo que dejó el libro de Walsh, y lo que... tal vez él hubiera preferido que fuese su legado.
Cuenta que hace unos años viajó a Europa, y que en una de esas vueltas terminó en la casa de una amiga de su tía en España. Allí la recibieron y le presentaron a una señora: una tal Enriqueta Muñiz.
¡Enriqueta Muñiz! Así se llamaba la mujer que había investigado los fusilamientos de José León Suárez junto a Walsh, y a quien el autor le había dedicado el libro. ¿Sería ella?
Karina recorrió el lugar con la mirada y descubrió enseguida una foto de Walsh sobre la pared. Era ella. Era Enriqueta Muñiz.
Le preguntó entonces a la mujer, quien ratificó la hipótesis.
Claro, después de tantos años de dar a Walsh en Buenos Aires, Karina le contó entusiasmada que ella enseñaba el libro en la universidad. Pero la mujer se mostró parca y solamente dijo:
-Claro, ahora todos hablan de Operación Masacre y Rodolfo Walsh.
Y el tema no se volvió a tocar.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Si Poe hubiera participado del rastrillaje...

Sí, aparecieron los Pomar. Ya todos sabemos que los mismos que barajaron mil posibilidades diferentes -arrebato psicópata, abducción, autosecuestro, etc.- ahora se quejan del tratamiento que se le dio al caso. En definitiva, nada nuevo.
Lo que sí me resulta curioso es que haya sido un accidente -de ser realmente así, claro-. ¿Por qué? Porque enseguida me hizo acordar a un cuento de Poe que se llama "La carta robada". Y hoy viendo el programa de Petinatto, un periodista 'experto en policiales' -¡que no era ni Mauro Zeta ni Facundo Pastor!- dijo lo mismo: que lo que sucedió era similar al cuento de Poe.
Y bueno, después de eso estaba cantado: había post, señores.
Pero vamos a lo importante. El lei motiv de la historia -sin anticiparles el final, claro- se encuentra en una breve línea de diálogo donde hablan el prefecto de la policía parisina y el ingenioso inspector Dupin:
-Sucede que hemos sido desconcertados porque el asunto es tan simple, y, sin embargo nos confunde a todos.
-Quizás es precisamente la simplicidad lo que le desconcierta a usted.

Hablando mal y pronto, algo así como que las cosas a veces son bastante más simples de lo que parecen. Y si no léanse este cuentazo de Poe. Acá el link: "La carta robada".

lunes, 7 de diciembre de 2009

Cuerdas rotas: la fragilidad de lo cotidiano

El sábado a la noche fui para Lomas de Zamora a la entrega de premios del concurso Macedonio Fernández, con la satisfacción garantizada de antemano: el premio lo recibía mi amigo y primer maestro literario, Alejandro Tloupakis.
Y no sólo eso: la premiación venía de la mano de la publicación de su primer libro, Cuerdas Rotas.
El primer libro. Apenas vi las ediciones ahí sobre una mesa, agarré uno y miré el índice. Nueve cuentos, como los que alguna vez escribió Salinger. Nueve cuentos hechos libro. Cuentos que había leído o escuchado alguna vez. Como "Parábolas", uno de mis favoritos, años atrás con Fede Pera, compañero de ruta literaria, y Ale en una mesa de pizza y cerveza, a la sombra de la Iglesia Redonda en un rincón de Belgrano. O el privilegio de conocer "Emilse" en el refugio literario del autor, allá por Boulogne. O "Ciudad Feliz", "Comprar una lámpara" y "Tachaduras" en la computadora del maestro Di Marco en el taller de Palermo, cambiando palabras, estructuras o adjetivos, pero que ya venían con el alma intacta.
Y esos cuentos, dispersos alguna vez, ahora son uno. Tienen un título sugestivo, tapas azules como aquel libro propiedad de Adán Buenosayres, y una foto que tanto podría ser el traste de un instrumento de cuerda, como una ventana de una casa desde la que se puede ver la luna llena y esa etérea luminosidad que fluye a su alrededor.
Y para qué negarlo: ver los cuentos hechos libro, despierta la imaginación, la ilusión, el anhelo de que un día tal vez aparezca, con otro título y otra cubierta, el libro propio.
En fin, aprovecho para recomendarles la lectura de Cuerdas Rotas. Son historias sencillas que muestran con intensidad lo frágil de lo cotidiano, lo fina que es la cuerda que sostiene tanto la armonía como la desgracia. A veces esa cuerda se rompe para arreglar. A veces, para desatar el desastre.
Si se lo cruzan en alguna librería, no lo duden. Vale la pena. Hacer el recorrido por esos cuentos, entristece, emociona, redime.
Y acá me tomo el atrevimiento de presentar un pasaje, de hecho el comienzo, de uno de mis cuentos favoritos que se llama "Parábolas". Trata sobre lo que le pasó a un maestro de literatura allá por diciembre de 2001, en los alrededores de una plaza, cuando la economía puso un país en guerra por unas largas horas.

"Una bala en el cráneo.
Sí, tengo una bala en el cráneo.
No la invité a pasar, entró sin aviso.
Soy su obligado anfitrión, y ella mi huésped.
De que se sienta cómoda, de que no intente buscar otra posición o mudarse, depende mi vida."

viernes, 6 de noviembre de 2009

Peter, Bjorn & John: mucho más que un silbido pegadizo

Es viernes, tuve una semana larga... ¿qué mejor que hablar de música y de libros en un mismo post?
Bueno, la cuestión es que recién ayer llegó a mis manos -mejor dicho, a mi casilla de mail- una nota de Salinger que salió en Radar en enero de este año, en honor al cumpleaños 90 del escritor.
Eso, por un lado.
Por el otro, googleando y youtubeando, acabo de encontrar una versión de The Chills, canción de los chicos suecos que titulan esta entrada, que sólo había escuchado cuando fui a parar el año pasado al festival "One Dot Zero" y que tenían a estos rockeritos indie como plato fuerte.
Y dónde está la fuckin conexión dirán ¿no?
Bueno por acá va la cosa: Peter y los suyos son los autores de "la canción del silbidito", que como muchos otros hits efímeros, recorrió radio, tele, publicidades y oficinas para luego morir en el olvido como tantas otras ya lo han hecho.
Para quien no la recuerda acá la cuelgo. Pero ojo, chusmeen y sigan leyendo después eh... ¡que falta lo de JD Salinger!



¿La tienen no? Bueno, la canción se llama Young Folks. Como habrán visto en el video dos chicos charlan, viajan en colectivo , y terminan armando una fiesta en una casa. Y ¡oh casualidad!, hay un cuento de don Salinger que se titula de la misma manera: Young Folks. Y ¡oh casualidad!, el cuento trata sobre las idas y vueltas de unos chicos que están en una fiesta en una casa.
En fin, de haberse inspirado en JD, para mí los suecos sumaron un puntito. Y si no, no importa. Aprovecho la ocasión para recomendar cuento y banda. Y además se que a vos, Julita, te va a gustar.
Y acá la versión rockera de The Chills que me trajo a todo esto (favor de hacer caso omiso al chabón del candado).

jueves, 22 de octubre de 2009

Esa famosa foto de Salinger


Hoy fui a tomar un café con un amigo, y palabra va palabra viene, se mechó el nombre de Salinger. Y me acordé de esta foto, y me dieron ganas de contar la anécdota que esconde, o mejor dicho, que muestra.
Para quien no lo conoce, J. D. Salinger es el autor de El guardián entre el centeno (o el Cazador oculto según la edición argentina que devoré varios años atrás). Un libro de esos que son bisagra, que te absorve de principio a fin, pero que después te larga ahí solito y medio confundido, aunque con la idea de que tarde o temprano la ficha que te metió adentro puede caer.
En mi caso, ese libro fue un viaje de ida: el año pasado le hice caso a J.I. Boido y me enganché con los 9 cuentos, de ahí pasé a Franny & Zooey, y terminé inserto en lo más íntimo de la familia Glass con Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour, una introducción.
Y hablando de viajes, Salinger hizo uno que fue un punto de inflexión en su vida: dejó New York y la exposición pública, para recluirse en una casita de Cornish, New Hampshire. Se cuenta que los lugareños protegen al ermitaño, y cuando algún periodista, fanático o curioso pregunta por él, ellos sólo muestran indiferencia.
Pero hay quienes no se satisfacen tan fácilmente. Uno de ellos es un fotógrafo que se acercó a Cornish con la idea fija de toparse con Salinger. "Tarde o temprano, va a tener que salir a buscar víveres", habrá pensado el tal Paul Adam. Y no se equivocó: el tipo se apostó en un auto, lo esperó a que saliera de un supermercado, y lo fotografió.

lunes, 19 de octubre de 2009

El libro que da cuerda al mundo

No creo en los best sellers. Pero creo, y cada vez más, en Murakami. Hace unos días terminé de leer Tokio Blues. Y sí, es verdad: Tokio Blues no es Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Pero qué más da. Este best seller internacional es tal como dice Fresán: hipnótico y opiáceo.
Acá, un fragmento que ayudó a darme cuerda. Al menos, por un par de días.
"A veces me siento muy solo, pero intento afrontar la vida con ánimo. Al igual que todas las mañanas tú cuidas de las aves del gallinero y trabajas en el campo, yo me doy cuerda a mí mismo. Antes de saltar de la cama, lavarme los dientes, afeitarme, desayunar, vestirme, salir de la residencia y llegar a la universidad, ya he dado treinta y seis vueltas a la clavija. Me digo a mí mismo: '¡Vamos! Hoy empieza otro día. ¡Ánimo!'. No me había dado cuenta de que hablo mucho solo. Puede que, mientras me doy cuerda, no pare de murmurar todo el tiempo."
"Es amargo no poder verte, pero, si tú desaparecieras, mi vida en Tokyo sería mucho más dura todavía. Es pensando en ti, por las mañanas, en la cama, como me decido a darme cuerda y a vivir un nuevo día. Del mismo modo que tú luchas por seguir adelante allí, yo debo luchar por seguir adelante aquí."