Desayuno de sábado: pomelo, café, tostadas y hasta huevos revueltos con mermelada de ciruela. La tele prendida en canal 26. Un notero compartía un almuerzo con unos rugbiers que pedían la solidaridad de la gente para una donación pulmonar para el presidente de su club.
Y una placa negra: la figura de Ernesto Sabato y debajo 1911-2011.
No reaccioné, simplemente se lo comenté a Juli.
Cambié de canal y los vecinos de Santos Lugares ya se acercaban al club de barrio donde iba a ser su velorio. Y sin darme cuenta me puse a llorar. No entendía por qué, escondía mis lágrimas y miraba para abajo. Pero no lo podía controlar. Siempre pensé que cuando una persona lloraba por un artista o una estrella de cine que nunca había conocido personalmente tenía algo de exagerado, de ficción, de hacerse el triste.
Me pregunté el porqué otra vez y empecé a darme cuenta. Sus libros me habían marcado la vida, especialmente Sobre héroes y tumbas. Y no tuve dudas que sí conocía a esa persona que había muerto esta madrugada. Tal vez no personalmente, ni siquiera mientras firmaba un libro en la Feria o caminaba por la calle o en alguna conferencia. Conocía lo que había escrito, y especialmente para un tipo como Sabato, era conocerlo a él. Su ficción siempre rayó lo autobiográfico y ahí estaba él, sufrido, sensible, auto destructivo, misterioso, complicado, iluso, valiente, verborrágico, soberbio, débil, brillante, torpe, incomprensible, miedoso, depresivo, auténtico, porteño, platense, argentino, europeo, científico, comunista, crítico y criticado.
Desde ese túnel
Como a muchos le habrá pasado, fue una profesora del secundario la que me hizo leerlo por primera vez.
Del libro no me acuerdo mucho más que una casa enorme, un pintor obsesivo y obsesionado, un amor imposible, y Buenos Aires. Siempre Buenos Aires. Y eso de que había un túnel oscuro y solitario, el de cada uno.
Después fue una plaza. Alguien con quien en aquel tiempo compartía las tardes. Escuché atentamente el pasaje que leyó: una playa en Miramar, solitaria, vacía, y una chica que se llamaba Alejandra.
Años más tarde lo leí. Y descubrí que existía una Buenos Aires bajo tierra. Que los ciegos que vendían ballenitas en el subte se manejaban como una logia. Que los anarquistas habían pululado por las arcadas del bajo diseminando sus ideas. Que el cuerpo del general Lavalle había viajado kilómetros por el norte de la Argentina mientras su carne se pudría. Que detrás de la Iglesia Redonda había una puerta donde estaba el acceso a la Buenos Aires subterránea.
Que nuestras calles eran misteriosas, que detrás de cada banco de plaza, de cada persona, de cada café, había una historia, y que dependía de cada uno que fuera contada o no.
Los textos podían ser largos y complicados, pero a mí me resultaban fascinantes. Recuerdo que lo terminé de leer sentado en el escritorio del cuarto de la casa de mis padres. Que la edición del 70 de Sudamericana que me había dejado mi madre estaba mezclada entre los libros de derecho. Que debía dar una exámen, pero volvía a levantar el libro del suelo para releer pasajes. Y que más tarde le contaba en algún café a Fede Pera que cuando terminé de leer ese libro quería juntarme con Sabato para preguntarle mil cosas sobre el libro.
Y él me decía que era tan simple como irse hasta Santos Lugares y tocarle el timbre. Nunca lo hicimos.
| Foto: Julita |
Esos cuentos
No sólo lo leí, también seguí sus consejos en materia de lectura. Apenas salieron Cuentos que me apasionaron I y II, los compré y los devoré. Ahí conocí un cuento de apenas dos páginas de Franz Kafka que no conocía. Se llamaba Ante la Ley. Más tarde me enteraría que era simplemente una historia dentro de El proceso. Lo leí volviendo en una combi de Lomas de Zamora. Había ido a ver expedientes, pero apenas lo terminé saqué unas hojas y borroneé lo que sería mi primer cuento en serio. Y me hizo conocer a Jack London, a Gogol, a Katherine Mansfield. Y me dio orgullo que su cuento favorito de Poe fuera el mismo que el mío: La máscara de la muerte roja.
Y después de mucho tiempo me animé a leer Abaddón el exterminador. Recién el año pasado. Y fue la aproximación a un Sabato excesivamente al descubierto, descarnado, sin defensa, en estado de exposición absoluta. Donde hubo pasajes infinitos, laberínticos, innecesarios, pero donde debajo se podía ver a Sabato otra vez, con sus personajes de carne y hueso, atribulados, sufridos, suicidas. Y los cafés y las discusiones teóricas que en muchos pasajes se me iban de las manos, y esas calles de Europa cuando él era científico, con la muerte acechando detrás de cualquier puerta, en los ojos de cualquier persona. El relato de un paranoico, de un hombre que hacía catarsis, que vomitaba los hechos más oscuros y terribles que sufría este país. Delen, aumenten el voltaje. Le dieron en las ingles, en las axilas, en las plantas de los pies. Su cuerpo se sacudía salvajemente... Sentía que le arrancaban la carne con tenazas candentes. De pronto empezó a ver todo blanco y el corazón golpeaba sobre su pecho como alguien a golpes de puño, sobre una puerta, encerrado en un cuarto con perros rabiosos que lo destrozan. Eso a Palito. Y a la santiagueña, a Esthercita la agarraron entre muchos. Y ésto lo contó en 1974 cuando muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras estaban bien calladitos.
Y él se mete como personaje, habla de su anterior novela, y se pierde entre las palabras.
La última charla que tuve sobre este libro fue con Joaquín Bilbao. Y nos fuimos a Sobre héroes y tumbas. El lo criticaba, y yo comprendiendo sus argumentos, lo defendía desde mi subjetividad. Le decía lo mismo que les digo ahora a ustedes, que a mí me marcó. Y cuando un texto te marca, no hay nada qué hacer. Y charlamos casi una hora, y nos arrepentimos de no haberlo grabado. Hubiéramos jugado a vivir lo que hizo Orlando Barone cuando grabó las conversaciones de Borges y Sabato. A creer que discutíamos algo que valía la pena, aunque nunca a nadie le interesara siquiera hojear nuestra discusión sobre este libro de Sabato.
Y a fin del año pasado se lo regalé a Juli, y se que tarde o temprano le va a dar una oportunidad, y lo voy a volver a discutir, y me voy a acordar de Martín sentado en el Parque Lezama, y del mirador de la casona de Barracas.
Y no tengo mucho más que decir. Tal vez que este escritor era más parte de mi vida de lo que yo pensaba. Y que mi inconsciente lo sabía.
Y que simplemente agradezco su obra, su autenticidad y por ser haber sido una persona sin caretas. Que se la jugó por su obra, valiente, sincero, triste, eterno.
