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jueves, 8 de abril de 2010

Retrato de otoño frente al mar

Martes al mediodía. El sol tibio, el mar calmo, una brisa fresca, la arena amplia, desierta. Apenas unos pocos visitantes. Y nosotros, rastros de la urbe, meros observadores.


Tres perros sin dueño se acercan al mar. Ya no hay turistas que los echen. Aprovechan su playa. El más avezado cruza una laguna de agua salada y mira hacia la costa desde un banco de arena. Otro, con el lomo blanco y negro, se anima y lo acompaña. Se meten juntos al mar. Después salen, se escurren, se reúnen con otro más, y se tiran al sol.
Con paso cansino, pasa un surfer negro, de enmarañados dreadlocks azulados. Acaba de salir del agua con su tabla. Acaricia a uno de los animales y se dirige hacia sus cosas. Las encuentra removidas: alguien anduvo tocando y la ziploc no está. ¿O se la habrá llevado el viento? Abre una grasienta bolsa de facturas, pero se arrepiente y la deja ahí tirada. Busca un resto de porro entre la arena. Y un encendedor. Los encuentra, lo enciende.
Un chico gordito, de unos doce o trece años, se cruza con el surfer. Ni siquiera se miran. El chico se sienta en la arena. Con paciencia de pescador se saca las zapatillas y la remera. Acomoda el calzado en la arena,  y encima, dobla prolijamente la remera. Le grita a su madre que se apure. La avizora impaciente. Ella baja de las dunas. En los rasgos del chico, se distingue un problema, una disfuncionalidad mental. Habla solo. La madre decide acompañarlo al mar. Un chapuzón y salen. El chico se queja. Grita. La madre camina a su lado, indiferente.
-Vos sos una inútil -le dice el chico mientras se seca con una toalla-. Vos sos más mogólica que yo.
La madre cierra los ojos, y mira lejos, en dirección a las dunas. Allí está el surfer, terminando su porro, imapasible a los juegos de los perros, y a las voces que trae el viento.