Se que es un lugar común, pero no me tiemblan los dedos sobre el teclado si tengo que afirmar que ver las fotos de Robert Mapplethorpe que cuelgan hasta hoy a la noche en el MALBA es como ver algunos fotogramas de la película de su vida.
No me caben dudas: la obra de este fotógrafo estadounidense amigo de Patti Smith es, por sobre todo, intimista. La devoción por las orquídeas, el culto al cuerpo humano perfecto, el embelesamiento por enormes penes, la admiración por los artistas plasmada en retratos, y el desenfado de no ocultar su homosexualidad ni deseos tan íntimos como el masoquismo más extremo. Y la consecuencia -¿penosa?- de verse a sí mismo como un demonio.
Todo eso es Mapplethorpe. Y mucho más. Porque, con mis limitaciones sobre la materia, arriesgo a decir que la mayoría de sus fotos son técnicamente perfectas: geometría y simetría, el manejo de la luz en espacios cerrados, los contrastes del blanco y negro a través de cuerpos humanos. Y como bien me apuntó Julieta, la original comparación de texturas, por ejemplo, a partir de la piel de un hombre negro con una pieza de ropa de cuero.
Al menos lo que se muestra en el MALBA, es una retrospectiva del fotógrafo principalmente de su última etapa, donde ya había dejado de lado la espontaneidad de la Polaroid para volverse más meticuloso y perfeccionista.
Además, es de esas obras que gusten o no, algo provocan siempre. Difícil salir indiferente de esa sala.
Como seguramente lo será durante muchos años para ese chico que, en pleno revuelo por las actividades infantiles de las vacaciones de invierno, se escapó al segundo piso del museo para chusmear estas fotos.
Lo vimos con Julieta paseando por ahí. Y vimos cuando se le acercaba una chica del museo y le decía:
-¿Estás solo acá?
-No vine con mi mamá, está por ahí.
-Ah, porque no pueden entrar chicos acá, salvo con la autorización de sus padres...
Eso es aún Mapplethorpe. 21 años después de su muerte por HIV, es aún polémico, prohibido, y genial. E insisto: si pueden, vayan.



