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lunes, 26 de octubre de 2009

Crónica de un enfermero - Primera parte

Este relato y las entradas que lo prosiguen son fruto de una entrevista que le hice unos meses atrás a un grupo de enfermeros en el Hospital Rivadavia.
En las recorridas que hice por el hospital, me encontré con filtraciones, paredes descascaradas, baños clausurados, estufas desconectadas, camas y sillas rotas. Según Ángel Muñoz, jefe de enfermeros de la sala 10, este edificio en ruinas es el escenario que se repite desde el primer día en que ingresó al hospital unos 20 años atrás.
Cuando le pregunté por qué eligió ser enfermero, me respondió con esta anécdota.

En la fila para entrar al comedor, el aspirante Ángel Muñoz observó a su alrededor y tomó conciencia de que nada de lo que lo rodeaba le disgustaba: los marineros formados, los uniformes, el edificio de techos altos y paredes blancas, y hasta incluso las tareas que le habían sido asignadas en la sala de máquinas y motores.
Pero Ángel comenzó a dudar de esa comodidad: temía que con el paso de los días su sueño se fuera desvaneciendo.
Es que en un principio la Marina había sido una excusa. Con sólo 15 años dejó a su familia en San Rafael, Mendoza y viajó hasta Buenos Aires para estudiar y ser enfermero.
Fue entonces que pensó en el Capitán de la institución. Si bien aquel hombre ni siquiera los saludaba cuando pasaba frente a ellos, Ángel confiaba en que al ser el capitán un hombre poderoso, podría ayudarlo.
Cuando pidió permiso a los superiores para poder hacerlo, lo miraron con extrañeza: nadie hablaba con el capitán. Menos un aspirante. Pero más allá de los nervios, Ángel confió en su derecho para hacerlo. Tenía la certeza de que ese hombre lo ayudaría.
-Quiero terminar el secundario para poder estudiar enfermería, Capitán -le dijo Ángel.
-No puedo hacer nada por usted -dijo el capitán-. Si quiere estudiar debe irse.
Y la respuesta del joven no se hizo esperar:
-Entonces, me voy -dijo.
Si bien aquel día Ángel se había equivocado en su pronóstico, aprendió algo que constataría con el correr de su vida: tal vez no sean los poderosos quienes suelan tener las respuestas.

lunes, 5 de octubre de 2009

Mateando sin barbijo

Sala de enfermeros del Hospital Rivadavia. Máxima alerta por epidemia de Gripe A. Julio de 2009.
A: ¿Viste lo que le pasó a esa supervisora? Repartió barbijos a todos y se quedó sin barbijos ella... y fue a atender a un paciente sin barbijo.
B: Y bueno allá en el Posadas hay 29 enfermeros y médicos muertos. Y me dijo que no dijera nada. No digas nada eh.
A: ¡Hay 15.000 infectados y no lo dicen!
[Toses]
A: Está feo [sobre el mate]. ¿Lo querés arreglar?
C: Mirá cuando tengamos la porcina... Quedamos todos en cuarentena como chanchitos y no nos podemos mover.
A: Yo me escapo.
C: A este lo tenemos que dejar ir porque no puede dejar solos a los gurises.
[Risas]
D: Es una hermosa palabra esa que tenemos nosotros los entrerrianos. Es nuestra.
A: Yo también tengo gurises.
E: Dicen los médicos que no usemos barbijos en el pasillo.
A: No hay que dividir tareas sino pacientes. Atención integral.
E: Hay que delegar. Ese es mi lema.
C: Yo agregaría que hay que delegar con responsabilidad...
A: El lunes vino la Dra. Godoy a decir que busquemos más barbijos y le dijimos: Mande a alguno de los residentes que acá somos 2 personas. ¡Dame un mate!
[La puerta de la sala se abre]
A: Hola, Juan Carlos. Barbijos no hay. Fue a buscar Cristian.
[Discuten sobre el mate]
D: ¡Vos no me dijiste que caliente el agua!
[Entra una médica. Pide un hematograma para el paciente de la cama 27. Suena un celular. El enfermero que atiende habla de una lista de farmacia, de algo que ya no hay más, que se repartió el fin de semana. Corta. Silencio]
E: Tiene que estar la firma de alguien del Comité de Infectología, doctora.
F: Podés firmar vos también...
E: Sí, pero no tengo sello. Usted tiene sello más pesado que el mío... el suyo es de acero.
F: Yo soy de acero, no el sello.