jueves, 1 de abril de 2010

Monólogo de una tragedia doméstica

Un periodista forzó el encuentro. Ellas se reunieron en la casa de Marta Paz con ganas de hablar, de contar sus historias, de quejarse. Un mate daba vueltas, y un par de moscas aprovechaban el dulce de leche de dos facturas que nadie había tocado en una hora y media de charla. 
El reclamo de las mujeres se enquistaba en las rajaduras de las paredes de material. El diputado sólo acotaba. La mañana era de ellas. La mañana le pertenecía a las manzaneras. Después de años de dominio K en el conurbano, un micrófono se abría, y ellas lo aprovechaban.
Era la casa de Marta Paz. Allá, en Lomas de Zamora. En Villa Centenario, otro barrio olvidado del conurbano. Otro patio trasero peronista, otro cuadrilátero de riña caudillista.
Marta se sabía líder. Marta, con su voz profunda y estremecedora, con su cuerpo ancho y robusto, se dio el gusto de romper el hilo de la conversación. Qué importaba el periodista, qué importaba el diputado. A ella le importaba esa chica. Esa chica y su tragedia.
-Si vos vieras a esta chica, es una chiquita que... nada -dice Marta, el salón en silencio-. Vino y me dice: Quiero hablar con vos. Se puso a llorar y le pregunté qué le pasaba. Me dice: Yo maté a mi marido. Y me quedé así... Y me dice: Y si vuelve a vivir lo vuelvo a matar. Ella estaba morada, con marcas de cigarrillo, lastimada. Le pregunté si la lastimaba. Y dijo: Lo más triste es que tomaba, venía borracho, me castigaba, me mandaba a la pieza. Y la violaba a mi nena de ocho años.
El resto de las mujeres que escuchaba con atención reaccionó con un lamento unísono.
-La señora es chiquitita. Vos la ves y no vale un mango -continuó-. A mi hija, me dijo, hoy no la tocan más. No me la tocan -rememora Marta golpeando dos veces la mesa-Vos decís, no vale dos pesos esta chica, y a mí te juro... se me corre por acá -dice Marta mientras se pasa la mano por el pecho-. Porque yo también lo haría. ¡Y para mí esa mujer no debería estar presa!
Algunas mujeres balbucean un tímido asentimiento.  
-Es mala la justicia -retoma Marta-. Dice que el tipo vino y le dijo: te vas de acá, pum, pum, pum. Y, ¿qué hizo? Dice la pibita que ella gritaba: Yo no aguanto más. No puede ser. No puede ser. 
Marta hizo un silencio. La moscas cruzaron la habitación y salieron por entre la cortina de flecos plásticos.
-Y entró con el tramontina y lo mató. Y me contó que le gritaba: ¡ahora no vas a joderme más! Y fue y se entregó sola. Y ahora está pagando su condena.
    
               

3 comentarios:

Julita dijo...

Me gusta cómo lo contaste y cómo describiste la escena en la casa "manzanera". Y la historia es terrible porque no es de ficción.

PD: fui el primer pulgar arriba de esa nota :P

Fer Massa dijo...

Gracias creative partner.
Lo terrible de la historia es que mientras esa mina está en la cárcel esa criatura pierde a su mamá. Para la nena es un doble castigo, ¿no pensás?
Cuando volvíamos de hacer la nota el fotógrafo me contó de un caso similar donde el fiscal, conociendo cómo habían sido los sucesos, desistió de la acción para que la nena abusada por el padre no quedara sola, y la madre pudiera seguir con su vida.
Y cuando lo pienso, creo que me inclino por esta última decisión. Creo que es lo mejor para el chico, y lo justifica.

Julita dijo...

Coincido. En este tipo de casos el castigo va para la mujer después del homicidio. Pero para la nena hay un doble sufrimiento, como vos decís. Antes y después de esa muerte.
Y para la parte judicial, no se si lo ideal jurídicamente hablando y mirando al todo sea desistir (aunque yo lo aplaudo y coincido). Pero sí mirar a la nena en el juicio en los ojos de la madre: esa que está sentada en el banquillo.
Porque estoy segura que en casos como este, la denuncias no se las recibe nadie por violencia doméstica, ya sea que muestres moretones, heridas, golpes. Porque lo único que sirve como cuerpo de delito es eso: un cuerpo, y ya tirando a tibio.